Una puerta que se abre

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Ahora que Joe Biden ha ganado las elecciones en los Estados Unidos, pienso que Cuba podría tener la clave para la solución del drama venezolano.

Durante los últimos años, mientras se intensificaba el cerco estadounidense, Venezuela ha compartido con Cuba el poco oxígeno que le quedaba, en un acto de solidaridad que muchos reprueban, pero que en otros tiempos era ejemplo de una natural fraternidad. Hace muchos años Venezuela ayudó a los colombianos en problemas, como ahora lo hace Colombia con los venezolanos.

Después de la sabia política de Barack Obama hacia Cuba, apostando a que un comercio más libre y un mejor nivel de ingresos para los cubanos favorezcan los cambios que se están abriendo camino en la isla, cuando medio siglo de bloqueo no había logrado absolutamente nada, sino hacer sufrir a la población y forzar al gobierno a mantener un férreo control sobre la sociedad, los cuatro años de Trump volvieron a envenenar las relaciones y a asfixiar a las comunidades.

En el caso de Venezuela, era muy difícil que el gobierno aceptara una transición y ni siquiera unas elecciones transparentes, con los halcones de Trump graznando que a Maduro lo esperaba el campo de concentración de Guantánamo. Estoy convencido de que el gobierno venezolano solo estaría dispuesto a aceptar una transición y unas elecciones libres si se le garantiza al chavismo un espacio político en la sociedad.

Hasta ahora el discurso de las sanciones ha tendido a descalificar no solo al gobierno sino a sus electores. Pero si se persiste en criminalizarlos y en atribuirles toda la responsabilidad de la crisis, cuando es evidente que buena parte de ella se debe al hundimiento de los precios del petróleo, seguido por el colapso consiguiente del aparato productivo, y al opresivo bloqueo del comercio para un país que depende dramáticamente del mercado externo, es muy difícil que los actuales gobernantes acepten someterse a la normalidad democrática, viviendo casi sin aire en una fortaleza asediada.

Pero hay otra razón para que no hayan cedido: su gobierno sabe que la caída de Venezuela, que a pesar de todo cuenta con más recursos, podría significar también la caída de Cuba, el hundimiento de un esfuerzo de dignidad que ha cumplido ya 60 años. De modo que también ese, aunque muchos no lo aprecien, ha sido un esfuerzo de solidaridad.

Cuba va a defender hasta la muerte su lucha por mantener el único sistema generoso de salud y de educación que se ha dado en este continente donde los prosélitos del neoliberalismo solo pueden mostrar marginalidad, miseria, inseguridad y el desangre de la juventud bajo el poder corruptor de la prohibición y de las mafias.

Si las relaciones mejoran, nadie como el gobierno cubano estará en condiciones de ayudar a flexibilizar a sus aliados venezolanos y encontrar las vías de un diálogo que permita por fin la transición democrática sin retaliaciones. Ni siquiera en las terribles circunstancias de los últimos años es posible hallar en Venezuela los niveles de violencia y de atrocidad que se viven en México o en Colombia bajo el auge de las mafias y de las bandas criminales, a menudo con la participación escandalosa de miembros de las Fuerzas Armadas. Por eso es un error pretender que lo que pasa en Venezuela es lo peor que pasa en el continente, cerrando los ojos a las crueles sanciones, los bloqueos inmensos y el hundimiento de la producción petrolera.

Venezuela está mal, su gobierno ha cometido errores y delitos, su régimen no tiene soluciones para el drama que viven millones de ciudadanos, pero pretender derribarlo por la fuerza, como quiere cierto extremismo terrorista, o ahogarlo con sanciones y bloqueos siguiendo el estilo de Trump, solo hará que indeseablemente Venezuela se pierda para Occidente, y que se empoce en el Caribe el riesgo de un conflicto de proporciones planetarias. Algo que por supuesto no les conviene a los Estados Unidos, ni a Cuba, ni a Venezuela y tampoco a Colombia, que estaría en la primera fila de la catástrofe, aunque haya gente que apueste por esa opción devastadora.

Ahora la situación es insostenible, el diálogo es necesario y creo que la transición es posible. El régimen venezolano tendrá que convencerse de que no hay otro camino, como en Bolivia, que unas elecciones libres y transparentes. Deben comprender que si el pueblo, como en Argentina, los obliga a pasar a la oposición, es su deber aceptarlo, y honrar así las reglas de la democracia que les han permitido gobernar durante 20 años. Y si el chavismo, como yo lo creo, ha calado en el alma del pueblo, tarde o temprano tendrá la oportunidad de que el pueblo lo recompense.

Cuba estaría en condiciones de aconsejarle a Venezuela ese camino de solución, aunque ello signifique, en su caso, empezar a admitir que el final del bloqueo y el ingreso en la sociedad de mercado les exigirá también abrir un abanico de alternativas democráticas para su propio pueblo. Ni Cuba ni nadie puede instaurar hoy en el mundo nada mejor que una socialdemocracia autónoma y profundamente independiente, pero está más cerca Cuba de tener algo semejante que nuestros países devorados por las mafias.

Lo demás no lo garantizará ningún gobierno, porque es la tarea que tienen que cumplir, en China, en Rusia, en Estados Unidos, en Cuba, en Venezuela, en Colombia, en todo el mundo, solamente los pueblos. Solo ellos podrán rediseñar la democracia buscando un orden social que garantice a la vez la justicia y la libertad, una profunda responsabilidad de los Estados y de sus ciudadanos con la suerte del mundo, y un modelo nuevo que haga posible la continuidad de la aventura de la vida en la tierra.

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