Por: Lorenzo Madrigal

Una razón de pesos

Creo entender, pues poco sé de mecánica política, que los candidatos que van a la zaga en encuestas (y no me refiero a las que hacen esfuerzos por sacar adelante a Peñalosa) no pueden zafarse de su compromiso de ir hasta el final por una razón de peso o, mejor, de pesos.

Al principio me parecía que era necedad suya persistir cuando los sondeos —ese instrumento seudodemocrático que se instaló para quedarse— les decían claramente que ya no jugaban a ganar. No era necedad ni esperanza desbordada. No, señor. Era la imperiosa urgencia de la reposición por el Estado de los gastos sufragados hasta el momento. De ahí que se esforzaran, contra toda posibilidad de triunfo, por conseguir los votos indispensables para tal reposición.

Uno de profano creía que con sólo adherir a alguno de los candidatos, a los que los sondeos tienen en la recta final, podían entrar los de porcentajes bajos a definir la elección. ¿Por qué Galán no se retira en favor de Gina, por ejemplo, o Luna, quien seguirá insistiendo por años hasta llegar a la Alcaldía de Bogotá? Algo les impide hacerlo, no solamente el natural orgullo, y ese algo es el dinero que han gastado en su esfuerzo electoral, por lo demás legítimo.

Una coalición previa a la última corrección de los tarjetones hubiera sido deseable, con el consiguiente intercambio de gastos, pese al maluco aspecto que esto deja, pero no es compra de conciencias. Es que toda fusión de campañas entraña algo así, platica de por medio, lo que se maneja soterradamente.

Pasadas inscripciones, tarjetones y demás, y en vísperas del día electoral, cualquier gesto de irse no sólo daría descanso al personal de campaña, sino que al dejar de estorbar, porque una pretensión perdedora es, ni más ni menos, un estorbo, el flujo de votantes pasaría a engrosar al más afín con el retirado. Dentro de una cierta lógica. Pero, ¿y los costos y deudas?

Es, pues, el dinero el determinador final de los resultados, y todo saldrá de acuerdo con la previa definición de las encuestas. Lo relativo a estos sondeos, que se mezclan con la libertad democrática hasta inhibirla, así como la necesidad de no predeterminar los resultados electorales, deberían ser objeto de un concienzudo trato constitucional.

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Delicioso de leer el relato de Enrique Santos Calderón sobre los Rojas Pinilla. Es el niño liberal el que escribe, asomado a las conversaciones de los grandes. Menciona, cómo no, la dictadura “agobiante” de Laureano Gómez (sólo un año y pocos meses de gobierno, elección legítima, propuesta de gabinete compartido; no cerró periódicos y cayó por defender a un liberal torturado en brigada militar), pero, niño honrado, Enriquito no disimuló la conspiración liberal contra el Gobierno constitucional y confirmó la ridícula serenata del director de El Tiempo al usurpador militar.

 

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