Una realidad mutante

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A finales de la semana pasada, cuando ya empezaba a hacerse evidente que para contener la llegada a Colombia del coronavirus era urgente mantener la distancia y optar por el confinamiento, asistí a un acto cultural a cumplir un compromiso. El grupo era pequeño, de no más de 20 personas, pero me impactó ver cómo muchos desestimaban la gravedad de la epidemia. No faltó el argumento de que más gente muere por influenza, y también el que dijo que miles de niños morían de hambre y a nadie le importaba, comparaciones equiparables a las de la “docta” Alicia Arango. Y un hombre joven, con desdén, dijo que de todos modos eso mataba sólo a los viejos y por tanto no estaba preocupado. Luego algunos se fueron a comer a un restaurante.

Toda era gente con educación, y yo me pregunté si lo que ahí había era ignorancia, arrogancia o egoísmo. En ese fin de semana algunos noticieros mostraron las discotecas abarrotadas de gente bailando en pareja y las estaciones de Monserrate saturadas de gente que subía en funicular y teleférico. Fue entonces que vinieron prohibiciones más drásticas en todos los lugares del país. A mediados de esta semana, sin embargo, que tuve que ir a una farmacia, alcancé a ver cafeterías repletas y montones de gente en el parque usando las barras metálicas para ejercicio, que luego tocarían otros. Pero la tapa tuvo que ver con la dependienta de la droguería, a la que exhorté a que se cuidara, porque no tenía ni un gel a mano y estaba en continuo contacto con dinero. Su respuesta fue, textual: “No, yo soy fuerte, y de todos modos creo en Dios, él no deja que me pase nada. Y si me muero, será porque él quiere”. Pensamiento mágico que contrasta, por fortuna, con lo que la ciencia nos está diciendo a todos los que queramos oír.

Yo no sé si este grado de inconsciencia es propio de la humanidad o algo cultural nuestro. El caso es que a la irresponsabilidad se une que cada minuto es distinto del anterior, no sólo porque aumenta el número de infectados, sino porque cambian las medidas y llegan nuevas preguntas y muchas confusiones e incoherencias. Los grandes temas parecen dilucidados, pero hay interrogantes sobre miles de pequeñas cosas. Formulo algunos: ¿si un anciano de los que deben recluirse obligatoriamente quiere pasear por un parque, donde todo dice que no hay riesgo, será sometido a una multa? ¿Por qué hay videos que muestran cómo en España policías dan órdenes ásperas a un sujeto que trota sólo por una playa? ¿Qué daño está haciendo? ¿Los que están en cuarentena en hoteles pueden usar los comedores? ¿Qué puede pasar con su salud mental en ese encerramiento? ¿Hay ayuda para que estas personas no sucumban a la ansiedad? Los viejos vamos a estar confinados por decreto —yo lo he hecho voluntariamente—, ¿se trata en verdad de una prohibición si podemos salir a la farmacia, al mercado, a los bancos? ¿Y qué pasa con los que siguen sus vidas como si nada? Todos estos interrogantes, algunos más bobos que otros, son apenas sobre asuntos prácticos. Quedan faltando cientos de reflexiones y cuestionamientos alrededor de problemas éticos. Porque el coronavirus vino, entre otras cosas, para que por fin todos nos detengamos a pensar en cómo vivimos.

Nota: Como resulta evidente, esta columna se escribió antes de que se tomara la medida de la cuarentena obligatoria por 20 días.

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