Tres cartas de los lectores

Noticias destacadas de Opinión

No llamar las cosas por su nombre

En 1981 preparé una audición para Boris Roth, en Caracol. De ella dependía mi ingreso a la escuela de actores para televisión que se abrió ese año en los Estudios Gravi. Preparé un fragmento de El Gran Burundún-Burundá ha muerto, de Jorge Zalamea. Entré. Hoy me parece vivir ese fragmento en el que Zalamea habla de la pérdida del sentido de las palabras, de las estrategias del ministerio de la propaganda para confundir, para crear realidad, para cambiar el significado de los símbolos sometidos a un interés político. En ese cambalache estamos hoy, y sin teatro. Basta encender la TV colombiana (y argentina, que sigo como profesional) para comprobar esta crisis de sentido exacerbada por los fanáticos y sostenida por el poder económico, esta desgraciada característica de nuestra época.

Isabel Noemí Rodríguez.

Sobre una carta

Impacta negativamente y llama la atención la carta enviada por la señora Martha Hernández Salgar (nieta de don José Salgar) publicada por ustedes el 8 de septiembre, en la cual, de manera francamente desobligante y con epítetos vulgares como “pasquín descolorido”, “medio decadente”, “vergüenza de los periódicos”, etcétera, se va lanza en ristre contra el editorialista de El Espectador porque este, con atinadas razones, puso en tela de juicio precisamente la enjuiciable conducta de un juez de la República que antepuso su dogmatismo y fundamentalismo religioso a su altísima misión de administrar justicia. Pues bien, no puede ser mayor la patente ignorancia de dicha señora, pues lo que se planteó en el escrito que desató su ira es ni más ni menos lo que jurídicamente se deduce de la inadmisible conducta de ese operador jurídico, cegado por sus creencias religiosas y en abierta contravía de nuestra Constitución. Y si la señora Hernández es nieta del “Mono” Salgar, es obvio que NO le aprendió pero nada a su abuelo.

Óscar Villada Martínez. Manizales.

Innecesario requisito

La pretensión de exigir un título profesional so pretexto de “elevar el debate político en el Congreso”, en mi sentir, desconoce la esencia de la representación y de la participación ciudadana propia de la invención social llamada democracia. No garantiza en lo absoluto ningún mejoramiento de la controversia y soterradamente plantea una supuesta ilustración por higiene, por imagen y por estrato. Y, así las cosas, me rememoró el despotismo ilustrado (“todo para el pueblo, pero sin el pueblo”).

Michel Delgado Corredor.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com

Comparte en redes: