Por: Eduardo Barajas Sandoval

Una revolución silenciosa

Es inevitable que las reformas institucionales reflejen el talante de sus impulsores, pero nadie puede garantizar lo que resulte a la hora de su aplicación. Por eso en todas partes se conciben dudas razonables sobre los efectos que los cambios en los textos puedan significar en la realidad; máxime cuando se trata de modificar en la letra principios característicos del sistema político para lanzar a un país a experiencias inéditas.

Recep Tayyip Erdogan ha obtenido en Turquía un triunfo que va mucho más allá del éxito electoral. Su propuesta de modificaciones constitucionales, por la vía del referendo, acaba de cambiar el esquema institucional de la República fundada por Mustafá Kemal Ataturk en aspectos hasta hace poco insospechados. Con una participación extraordinaria de cerca del ochenta por ciento de los posibles votantes, y con una mayoría del cincuenta y ocho por ciento de quienes acudieron a las urnas, veintiséis artículos de la Constitución fueron reemplazados de manera directa por voluntad ciudadana.

Las modificaciones no son de poca monta y se orientan en una dirección que permite pensar que sus autores tenían en la mira el propósito de acercarse a estándares típicamente europeos. Para sorpresa de muchos, la esencia de los nuevos artículos no tiene nada que ver con avances marcados por el islamismo, como se hubiera podido pensar si se tienen en cuenta los antecedentes del Primer Ministro, que tradicionalmente había abogado, a lo largo de su carrera política, por un mayor compromiso con la visión musulmana de la vida pública.

Además de establecer medidas de apertura en materia de derechos humanos, y de posibilidades de acción colectiva, por ejemplo en el caso de los funcionarios públicos, la constitución reformada consagra nuevos preceptos respecto de la condición de las fuerzas militares, que desde la fundación de la república turca fueron consideradas como las supremas garantes de los valores republicanos. Función que ejercieron en varias oportunidades mediante sendos golpes de estado, ejecutados todos con el argumento de preservar esos valores y de reorientar al país hacia los principios fundamentales de Ataturk. Los militares, en adelante, y en cuanto se trate de conductas no relacionadas con el ejercicio estricto de sus funciones oficiales, serán responsables ante los tribunales civiles. Lo que les hace bajar de ese pedestal que les permitía hasta ahora contar con un fuero totalmente exclusivo para todos los efectos, ubicándose, en la práctica, por encima de todos los demás estamentos de la nación.

Consecuencia del mismo espíritu de cambio ha sido, en virtud de la reforma, el levantamiento de la inmunidad de la que estuvieron revestidos hasta ahora, por mandato constitucional, los militares que gobernaron luego del golpe de 1980, que se excedió aparentemente en el ejercicio de la misión de preservar la república y obró, bajo todos los estándares, como una dictadura militar pura y simple.  A esto hay que agregar que las nuevas normas amplían el espectro de las funciones de la rama judicial, con lo cual se atiende, lo mismo que en el campo de los derechos humanos, una reiterada exigencia de la Unión Europea como requisito para abrir eventualmente sus puertas a nuevos miembros.

Aunque las reformas se hagan con el mejor ánimo, siempre habrá quien traiga a la discusión sus dudas sobre las verdaderas intenciones de los cambios, y cada uno hará sus cálculos sobre la manera en la que se pueda beneficiar, o defender, de ellos. Llama la atención el hecho de que la mayoría de los votantes por el sí proviene de los pueblos ubicados en la Anatolia central. Mientras que los habitantes de Estambul, la gran metrópoli de todos los tiempos, se apartaron en buena medida de la propuesta.

Un grupo de enemigos del gobierno considera que detrás de las modificaciones está el interés del partido de gobierno, cercano al Islam, de adueñarse del poder judicial, para asestar más tarde un golpe institucional de mayor contenido radical que quede protegido por jueces dispuestos a avalarlo. Otros opositores estiman que las reformas no son suficientes y están muy lejos de las modificaciones sustanciales que serían deseables. Desde fuera, y con una mirada de buena fe, todo lo que se advierte es un movimiento que representa lo más parecido a una revolución silenciosa que remueve para Turquía algunos de los obstáculos que los opositores a su entrada a la Unión Europea han puesto siempre en el camino. Otra cosa es lo que pase, y lo que pueda pasar en el futuro, al interior del país.

 

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