Iván Duque: así fue su histórico triunfo en las elecciones presidenciales

hace 3 horas
Por: María Elvira Samper

Una semana de infarto

DESDE CUANDO EMPEZÓ A ARMAR SU  gabinete de alto perfil técnico, sin atender a milimetrías politiqueras y con la inclusión de contradictores del gobierno sobre el cual edificó su triunfo, Juan Manuel Santos dejó claro que él es él y Uribe es Uribe.

Así lo ratificó en el discurso de posesión en el que tanto por el tono conciliador como por el contenido de su programa de gobierno, marcó distancia con su antecesor. Un discurso de espíritu liberal y reformista en el que no se sintieron las garras de halcón que exhibió como ministro de Defensa, sino las pulidas uñas del estadista.

Santos llega con un nuevo estilo de gobernar: en equipo, sin caudillismo, racional y calculado, respetuoso de las instituciones y en sintonía con un mundo donde la mayoría de los gobiernos privilegian los mecanismos de cooperación sobre la confrontación ideológica. Este nuevo clima marcó la primera semana de gobierno, una semana de infarto, literal y literariamente hablando, pues incluyó desde una cirugía de corazón del vicepresidente Garzón hasta un atentado terrorista en el edificio donde funciona Caracol Radio.

Santos se anotó varios puntos y encajó varios golpes a la mandíbula de Uribe. Debutó con un jab de izquierda: la reunión con las Cortes para oficializar el restablecimiento del diálogo institucional —sobre todo con la Corte Suprema— y crear una mesa de concertación para la urgente reforma de la Justicia. El mensaje, simple y claro: respeto por la autonomía de la Justicia, no más confrontaciones estériles y acatamiento de las decisiones judiciales.

El martes lanzó un uppercut: el encuentro con Hugo Chávez. Un triunfo de la diplomacia que permitió reanudar las relaciones con Venezuela y que si bien no da para cantar victoria, indica que vale la pena ensayar un camino diferente a las provocaciones y los insultos públicos, estrategia que, como dice un amigo mío, “fracasó con rotundo éxito”.

Es una apuesta arriesgada, como afirma la analista internacional Arlene Tickner en su columna de El Espectador, pero no hay que olvidar que Santos es un hábil jugador de póquer y que cuando el 7 de agosto dijo que uno de sus propósitos fundamentales era restablecer las relaciones con Venezuela —y  Ecuador—, y que prefería el diálogo directo y franco, y lo antes posible, no era para tirar anzuelo a ver qué pescaba. Lo tenía fríamente calculado.

El encuentro lo arreglaron los cancilleres Maduro y Holguín, quien desde antes de hacerse oficial su nombramiento empezó a hacer el trabajo de filigrana que lo hizo posible, y en el cual contó con los buenos oficios de Lula y de Kirchner, presidente de Unasur, que sirvieron para aclimatar la reunión y domeñar al díscolo vecino. Y si en la rueda de prensa Chávez no insultó a Uribe ni arremetió contra el acuerdo de bases militares, no fue por prudencia, virtud que no lo adorna, sino porque estaba acordado para no acorralar a Santos que, además, le había contado que la mayoría de los magistrados de la Corte Constitucional se inclinaban por declarar inconstitucional el polémico acuerdo.

Nada fue dejado al azar. La diplomacia volvió por sus fueros, y en este nuevo capítulo cabe destacar que Santos no incluyó al Ministro de Defensa en la comitiva, una señal de que el conflicto interno no seguirá siendo el hilo conductor de las relaciones con Venezuela. Esto no significa, sin embargo, que el Presidente haya pasado la página de las Farc: esas cartas están sobre la mesa de la OEA y Unasur.

Todo indica que el pragmatismo, y no las diferencias personales e ideológicas, va a marcar el nuevo rumbo de la política con el país vecino. Cada día trae su afán y por lo pronto lo único cierto es que dos presidentes saben que la ruptura ha sido muy costosa para sus países.

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