La importancia de los archivos para construir la verdad del conflicto armado

hace 2 horas
Por: Diana Castro Benetti

Una siesta

El cansancio es como el diablo que se nos mete en el cuerpo. Andamos agotados de las responsabilidades, desafíos, exigencias. Cansados de las malas caras y de las griterías propias o ajenas.

Vivimos con los hombros tensos y las manos encogidas y nos volvemos chiquiticos hasta quedar hechos pedazos sin posibilidad de imaginar o renovar la energía vital. El cansancio se pega en los huesos y circula por las venas alojándose en hígado, intestino y bazo, aunque sus lugares preferidos suelen ser las lumbares y los omoplatos.

Pero más allá de la inercia y la apatía, el agotamiento absoluto llega un día cualquiera y se queda para casarse con el sinsentido. Y cuando se instala en el corazón no hay quien lo desaloje. Es como un inquilino malvado que consume, carcome y, obvio, enferma. El cansancio llega por las deudas, por las traiciones o por los chismes; no renueva sonrisas ni desarregla las sábanas. Es el demonio del desaliento que inhibe la vida y devora esas pequeñas acciones que derrocan todo sueño o funden el motor de quien quiere progreso, casa, alegría y felicidad.

El cansancio es una gran trampa colectiva y es el fin cuando es el propio. Hay que mantenerlo detrás de la puerta siguiendo mínimas recomendaciones de los expertos del sueño reparador o del arte de cenar poco. Vencer el cansancio requiere de una que otra pócima y de mixturas de hierbas para evitar ojeras y el dolor de músculos incluso cuando no hay ánimo sino para mirar el techo.

El descanso no es un spa para frenar el mundo ni salir corriendo a la cueva más cercana. El verdadero descanso llega cuando no se sigue la acelerada presión de los pensamientos para diluirnos en el espacio y el tiempo como si no fuéramos de este mundo, o cuando soñamos que soñamos que soñamos ser lo que no somos. El descanso es entrar en la dimensión de una oración trascendente o de un momento de éxtasis común con vueltas y sudores, como también puede ser la comprensión de que cuando andamos solos, la pesadez es esclavitud. Todo espacio de claridad lumínica surge sin esperarlo cuando estamos en nuestro centro, con la vocación en el corazón o cuando ponemos los pies en la cabeza y andamos firmes hacia lo desconocido.

Treinta segundos de una honda respiración o diez minutos de una buena siesta disminuyen el ritmo, abren los sentidos y dejan que el alma se manifieste desde su infinitud. Es algo así como que se recibe la Vía Láctea para sentir no sólo las estrellas sino todo el néctar que nos regalaron cuando nacimos.

 

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