Por: Enrique Aparicio

Una taza de café con una India de 70 años muy bella

Parecía un piloto de Fórmula Uno, un bólido de esos que conoce todas las curvas y rectas.  Pero en lugar de una pista, nuestro chofer, Karan, era el encargado de llevarnos desde Bangalore a un sitio llamado Coorg, en el sur de India. Parte del trayecto incluía una zona montañosa que nuestro improvisado piloto sorteó con gran pericia, dominaba cada curva, cada subida y bajada. Todo iba bien hasta que mi compañera vio que yo tenía un color de piel pergaminoso, entre muy blanco y algo amarillo, por lo que le pidió a Karan que se detuviera inmediatamente para evitar un desastre. Todo pasó muy rápido. Nos paramos frente a uno de esos templos que llenan el paisaje. Descansé unos minutos. Ya había tomado la decisión de irme a pie los 80 kilómetros que faltaban. No podía resistir otra curva en el bendito auto, sin embargo, entre Karan y mi compañera me explicaron que duraría dos días en llegar y que en un par de horitas más todo terminaría.

Como lo repito cada vez que hablo de India, solo existen dos opciones cuando se llega a ese lado del mundo: nunca volver o volver cada vez que se pueda. Yo pertenezco a quienes este país invita siempre a regresar. Sus enormes contrastes sociales, radicales, duros, en muchos casos inhumanos, pero aun en estas situaciones percibimos energías de una India de tradición milenaria, de espiritualidad convocada para dar sentido a su vida. 

No sé cómo llegamos a nuestro destino. Lo único que sé es que abrí los ojos y me encontré metido en medio de un cafetal espectacular que no esperaba.  Lo que tampoco sabía es que este país es el sexto o séptimo productor de café en el mundo con exportaciones de aproximadamente 348.000 toneladas o un poco más.

Íbamos por un camino bien trazado, donde a lado y lado se podía ver la exuberancia de la plantación y unas casas-habitaciones montadas en pilares que se adentraban en la espesura  hasta el punto de que se tenía la sensación de estar viviendo en la mitad de las plantas de café.

Antes de buscar las expresiones para describir mis momentos y los de mi novia en la plantación de café, quiero ir al corazón de esta nota.

Este año India cumple 70 años de su independencia del yugo inglés. Su gran arquitecto, Mahatma Gandhi, fue un líder sin miedo que les habló de tú a tú a las huestes del rey Jorge VI. En una de sus discusiones les aclaró que un grupo reducido de ciudadanos ingleses no podía, bajo ninguna circunstancia, manejar y dominar a millones de ciudadanos indios.  Entre los muchísimos pensamientos que se le atribuyen está el siguiente:

Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras. Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos. Cuida tus actos, porque se convertirán en tus hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino.

Otro factor que juega un papel muy importante en la cultura de este país es la religión mayoritaria de su gente, el hinduismo. Para ellos la reencarnación es un paso natural. Explicado de manera muy simplista sostiene que nuestra alma tiene un “vestido” corporal que se deja atrás para iniciar otra vida.

India es una tierra lejana donde la excelencia de sus proyectos salta a la vista. Ya hace miles de años en esta tierra existían civilizaciones adelantadas con relación al resto del mundo, con palacios y construcciones que muestran la habilidad de su gente para desarrollar construcciones de una belleza indescriptible.

Todas estas energías tan diversas impactan a los occidentales como nosotros. Nos maravillan, nos confrontan, nos hacen pensar.

Una vez fui testigo, en Holanda, de una conversación en tono difícil entre un embajador de la India y un diplomático inglés. “India ha existido durante muchos siglos mientras que el Reino Unido apenas unos cuantos”, respondió el embajador ante un comentario poco afortunado del diplomático. Hoy se ha cumplido en parte esta “profecía” si se tiene en cuenta que Gran Bretaña, de ser un imperio, está reducida a una isla con territorios no siempre contentos con el gobierno central.  Y ahora el tema del brexit, un exabrupto político de las mentes pequeñas producto de la arrogancia que les permitió no pensar en su país, sino en su cuenta bancaria.

Volviendo a nuestra estadía en el cafetal, fue un momento mágico acompañado por el sonido del viento, la lluvia y la combinación de la vegetación. Fui testigo de mi ignorancia llevada a extremos en cosas muy simples como el conocimiento de la planta que produce la pimienta enredada en los árboles de la plantación.

La exquisita atención del staff indio fue muy profesional, buscaba ante todo agradar manteniendo una distancia elegante. Mi novia, interesada en la comida local, fue invitada por el chef a observar cómo se preparaban ciertos platos especiales, típicos, a base de curry y otras especias.

La experiencia llegó a su fin, pero se mantiene indeleble en nuestro recuerdo.

El YouTube que tomé tiene vistas de todo un poco.

https://youtu.be/o10s1rnEnis

 

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