Por: Eduardo Barajas Sandoval

Una tentación permanente

A juzgar por el discurso de los ganadores, los pueblos de América Latina, con pocas salvedades, parecen no haber despegado hacia la aventura de la democracia y prefieren apegarse a una modalidad de caudillismo sustentada en credenciales electorales, cada vez más difícil de combatir.

La figura de la reelección, rechazada por los mexicanos, que hicieron de su proscripción uno de los ejes fundamentales de su sistema político, se extiende sin pudor por el resto del continente. Con los argumentos más sencillos, y más efectivos, los jefes de turno se van quedando en el poder. Para ello no tienen ningún recato en ir haciendo los remiendos que sean necesarios en las instituciones estatales. Así, personalidades consideradas indispensables se encargan de dirigir naciones enteras, que no se toman el trabajo de cambiar de gobernante, ni de proyecto político.


La referencia al sufragio efectivo y la no reelección, presente en la papelería cotidiana de los gobiernos de México, parecía en una época tan irrelevante, que muchos se preguntaban si el asunto revestía tanta importancia como para convertirlo en lema nacional. Asunto tan trivial como la posibilidad, o prohibición, de que un gobernante, bueno o malo, se quedara en el poder por más de un período, decían, debería ocupar un lugar secundario frente a otros temas, de gran calado político y filosófico, propios de repúblicas rimbombantes en las que predominan las verdades de papel.


Las famosas décadas, recientes, de la llamada reconfiguración democrática del continente latinoamericano, aplaudidas por propios y extraños, que supuestamente han alejado a muchos de la secuencia dictatorial que tanto daño hizo, parecen  llevar sin embargo el virus transformado de la vieja tendencia a seguir a un jefe que dice cosas fáciles de entender y dejan tranquilo el corazón por un rato. Por ese camino el gobernante se va quedando como si fuera el salvador permanente que en apariencia se requiere para seguir adelante, aunque no se claro hacia dónde, con tal que el oído de las mayorías quede tranquilo.


Parece que de alguna manera el virus del caudillismo hubiera mutado. Como en el caso de todas las mutaciones, para hacerse más fuerte, bajo una cobertura que lo protege mejor. Y es bajo el impulso de esa mutación que el tema de la reelección se discute, o se pone en práctica, como una especie de aditamento de los regímenes democráticos, para que todo quede, eso sí, dentro de los parámetros de la institucionalidad. Con lo cual, como dicen ahora en Colombia, todo queda bien “blindado” y nadie pueda reprochar las credenciales de ningún régimen de los que permiten institucionalmente, esto es con todas las de la ley, la continuidad de los jefes en el poder.


Honduras fue protagonista de un episodio extravagante, digno de la pluma de los novelistas de hace unos años, alrededor del tema de la reelección. Colombia y Venezuela, en una época las democracias modelo de América Latina cayeron, cada una a su manera, en el contagio. La una desajustó su reciente constitución política al introducir la opción reeleccionista, algo inverosímil en un país de tradiciones innegables de sofisticación jurídica de altura bizantina. La otra, conforme a su tradición caudillista más que centenaria, simplemente votó y ratificó, justamente por mayorías arrolladoras y ante argumentos sencillos y efectistas, por la opción de que el mismo jefe se quede por años en el poder.


Ecuador ya entró en el baile, sin que nadie pueda decir que allí las cosas obedecieron a una lógica diferente de la del virus en pleno apogeo. Cómo no seguir con el hombre, si dice lo que las mayorías quieren oír?  El Brasil participó en la fiesta, solo que le fue aparentemente bien, porque el empuje de su proceso reciente, con la inspiración de un liderazgo un poco más compartido por lo menos con empresarios y diplomáticos de visión y pretensiones universales, palió los defectos del modelo. Bolivia mantuvo a su gobernante, que en un momento se pensó sería precario. Y Argentina acaba de hacer lo que ya se sabía: Cristina se queda, para seguir con la tarea de su esposo y completar doce años de gobierno de la misma casa, desde la misma casa, con el beneplácito, eso sí, de una mayoría arrolladora y con los mismos cantos de la época de Perón.


Vaya uno a saber si la continuidad de los gobernantes, sobre la base de credenciales electorales innegables, es el modelo que los pueblos del continente se merecen.  Nadie se ha atrevido, eso sí, a dar el paso hacia el régimen parlamentario, que permitiría, con precisión milimétrica, que cada gobierno se quede en el poder mientras lo haga bien y sea capaz de concurrir, cada semana, al control de una oposición legítima e implacable. Oposición que está lista a asumir el mando con conocimiento exacto de lo que quiere y de lo que hay que hacer. Pero claro, el asunto espanta, porque la gracia es, en la lógica del caudillismo democrático, que el jefe mande. Que arregle los problemas conforme a su iluminada inteligencia, y que se merezca cada rato la refrendación de su mandato, es decir del cheque en blanco para que haga como bien le parezca.


Tal vez tenían razón los inspiradores del proceso político generado por la Revolución Mexicana. Era mejor curarse en salud y convertir la no reelección en axioma de la vida política, porque permitir que un gobernante se perpetuara en el poder, así fuese sobre la base de triunfos electorales, por lo general fáciles de obtener desde el Palacio Presidencial, se convertiría en la práctica en el disfraz perfecto de los caudillos, bajo las apariencias de la democracia. Y porque la reelección limitaría aún más el círculo de los elegibles y pondría a todo el mundo a pensar en el jefecito por escoger, en lugar de abrir el concurso a la imaginación y a la competencia de proyectos políticos alternativos. Otra cosa es lo que los propios mexicanos hayan hecho con su modelo.

 

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