Por: Arturo Charria

Una tienda en el Samper Mendoza

Salí a la tienda para buscar algo de comer y distraerme de la rutina laboral. El camino es corto: una calle larga al sur y otra corta en la misma dirección.

El barrio se llama Samper Mendoza y es una de las tantas entradas a la localidad de los Mártires. Es un antiguo entramado de casas y pequeños edificios que creció a las espaldas del Cementerio Central a comienzos de siglo XX. Allí todo parece detenido en el tiempo: las vitrinas son de otra época, al igual que sus habitantes y sus oficios. Hay calles enteras dedicadas a la talla de piedra y otras especializadas en la venta de flores para decorar las tumbas del vecindario. Los talleres y las bodegas disputan el espacio a garitos y lupanares en donde se bebe “el último adiós”, sin embargo, muchos vuelven cada lunes a esos mismos bares después de visitar a sus muertos.

Pedí un tinto. Mientras miraba la vitrina tratando de adivinar cuál sería el pan más fresco, la tienda se llenó de ruido. Dos mujeres, que se sentaron en la mesa de enfrente, comenzaron a quejarse de la ineficiencia de la policía. Hablaban de lo incompetentes que habían sido los agentes del CAI por no recibir su denuncia: "Pero esto no se queda así, yo a ese hijueputa lo denuncio", dijo una de las mujeres que cargaba una niña en brazos. Qué difícil es armar estas historias llenas de piezas inconclusas y a las que uno entra sin contexto.

Al poco tiempo, llegó con propiedad un hombre ciego preguntando por el dueño de la tienda. En una mano llevaba su bastón guía y en la otra una sombrilla grande. Preguntó a un joven que estaba del otro lado de la vitrina si tenían una cabuya para poder amarrar la sombrilla a su espalda. Le respondió que no tenían. Pidió un sobre de azúcar y estiró la mano, cuando lo sintió el en su palma volvió a sonreír y preguntó si tenía un poquito de café con leche para acompañarlo. Las mujeres seguían hablando del hombre: "desocúpele la pieza", dijo una de ellas.

Otra mujer se asomó a una de las entradas de la tienda y preguntó por la ubicación de una registraduría cercana. El Samper Mendoza está lleno de calles con letras y carreras que se convierten en transversales, los que pasan la calle 26 a la altura del Cementerio suelen perderse con facilidad. Nadie respondió y la pregunta se diluyó entre la conversación de las mujeres y el ruido de las otras mesas. El hombre ciego trató de ubicar la voz de la mujer, pero en realidad se estaba ubicando a sí mismo. Sin saber con precisión a quién respondía, cambió su bastón de mano, puso el café sobre el mostrador y señaló el occidente: “Mire, dos calles hacia abajo, llega a la esquina del restaurante La Cascada y ahí, al lado, queda la registraduría”.

“Don Luis, encontré esto. ¿Le sirve?” dijo el joven del mostrador y le entregó un pedazo de cabuya desilachada de las que se usan para amarrar guacales. El hombre ciego la estiró y la palpó: calculó su extensión y su textura. “Por su puesto. Justo lo que necesitaba”, dijo. Se sentó en una silla frente a mí. Me saludó y comenzó a amarrar la cabuya a la punta y al mango de la sombrilla. Se aseguró de que los nudos estuvieran fuertes y se la terció en la espalda. Recogió su bastón, el café y se fue caminando en la dirección que antes él mismo había señalado.

Las mujeres de la mesa seguían conversando: “Camine, camine y le ponemos la denuncia”, dijo una de ellas mientras sorbía las últimas gotas de su gaseosa. Tantas historias que se cruzan en una tienda y todas caben en lo que dura un tinto.

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@arturocharria

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Una tienda en el Samper Mendoza

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