Por: Armando Montenegro

Una titilante luz roja

Desde hace algún tiempo la mayoría de los principales indicadores económicos muestra estabilidad y progreso. Cuando alguna variable clave ha entrado a una zona prohibida, se han prendido las alarmas y oportunamente se han tomado las medidas correctivas. Cuando se previó, por ejemplo, que la inflación se estaba disparando, el Banco de la República elevó las tasas de interés, una decisión que hoy ya comienza a mostrar resultados positivos.

Durante muchos meses, sin embargo, pasó casi inadvertido un bombillo amarillo, el mismo que, desde hace poco, ya emite una insistente luz roja: la que anuncia el aumento excesivo del déficit de la balanza de pagos.

La experiencia internacional indica que el déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos (la suma del déficit comercial y del pago neto de factores y transferencias) no debe ser mayor al 3% del PIB. Cuando supera este número, se prenden las luces amarillas, se registra un desajuste macroeconómico. Y en el momento en que alcanza el 5%, las palpitantes luces rojas señalan la existencia de un problema mayor.

Desde hace más de un año el déficit de la cuenta corriente de Colombia ha sido del orden del 3,9% del PIB. Éste ha sido el resultado de un creciente déficit comercial de 2,9% (el país importa mucho más de lo que exporta) y de un déficit neto de 1% en el pago de intereses, utilidades de la inversión extranjera y las transferencias externas.

El déficit en cuenta corriente llegará a más del 5% del PIB en 2008, de lejos el más alto de América Latina. La causa de este deterioro es el brusco incremento del déficit comercial al 4,1% del PIB. Algunos funcionarios del Gobierno anotan, sin embargo, que parte de este aumento se origina por el efecto, de una sola vez, de un notable volumen de importaciones de equipo militar con destino a los programas de seguridad.

Hasta ahora el déficit externo del país se ha financiado por medio de la inversión extranjera directa, que este año ascenderá a más de US$7.500 millones. Para el año entrante se mantiene el supuesto de que estos flujos seguirán llegando al país en un monto semejante al de 2007, al tiempo que también subirá el saldo de la deuda externa.

¿Por qué se prenden las señales de alarma con déficits externos de este tamaño? Porque una economía con esta clase de desequilibrio está sobreexpuesta a los vaivenes de los capitales y los créditos externos. En una situación parecida, en 1997 y 1998, la brusca suspensión de los flujos de capitales, a causa de las crisis rusa y asiática, sumió al país en una fuerte recesión. Historias semejantes se han vivido, una y otra vez, en numerosos países de todos los continentes.

La mayoría de los riesgos que se perciben en la actualidad tiene su origen en la imprevisible evolución de las economías de Estados Unidos y Europa, y en los graves desajustes de la economía de Venezuela (sin las exportaciones a este país, el déficit externo de Colombia sería cercano al 7% del PIB).

La oportuna corrección del problema del déficit de la cuenta corriente podría asegurar que el dinámico crecimiento del PIB sea sostenible y que el país siga un camino despejado en los próximos años.

Ya que la causa última del déficit externo consiste en que tanto el sector público como el privado están gastando por encima de sus ingresos, para corregir el problema ambos deben ahorrar más. El déficit fiscal es demasiado elevado y, lo peor, está creciendo. Debería reducirse en cerca de 2 puntos del PIB, un ajuste que inmediatamente se trasladaría a las cuentas externas. Y el crecimiento del gasto privado, sobre todo el de consumo, debe frenarse, tal como lo ha venido predicando el Banco de la República. Hay que ponerle cuidado, rápidamente, al titilante bombillo rojo.

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