Colombia2020 y Rutas del Conflicto lanzan plataforma para seguir el pulso al acuerdo de paz

hace 2 horas
Por: María Elvira Samper

Una vaina de locos

La corrupción, la falta de transparencia en el manejo de los recursos públicos, el despilfarro, el enriquecimiento ilícito, el tráfico de influencias y la utilización de los cargos en beneficio propio, son prácticas tan comunes y extendidas entre los políticos que Ángel María Borja de la Rosa, un vendedor ambulante de morcillas que aspira al Concejo de La Gloria (Cesar), acuñó como eslogan de su campaña uno muy diciente: "Con Borja no habrá serrucho, y si hay ¡no es mucho!".

Le pareció original y cuando la dirección departamental del Partido Liberal, que le dio el aval, lo conminó a suspender la propaganda so pena de quitarle el apoyo, sólo atinó a defenderse diciendo que fue “una vaina de locos”. Una vaina de locos basada en el presupuesto de que robar es inherente a la política (bien podría decirlo Miguel Nule). Eso es lo que Borja ha visto en su tierra: gobernadores, alcaldes, concejales y funcionarios departamentales y locales que han hecho ferias y fiestas con los dineros de la salud, las regalías, la emergencia invernal…

Cuántos no aprovechan y han aprovechado su cuarto de hora en los cargos para enriquecerse y favorecer a su rosca de familiares, amigos y contratistas. Pocos le temen al cohecho, a la concusión, al tráfico de influencias, a la celebración indebida de contratos, y, aunque parezca increíble, algunos hasta incluyen en sus cuentas los años de cárcel que tendrían que pagar si son pillados en alguna de las conductas dolosas del variado menú de la corrupción.

Corrupción y política están tan estrechamente asociadas en el imaginario de la gente que, sobre la base de ese presupuesto, Everth Bustamante, inscrito por firmas para la Gobernación de Cundinamarca, apoya su candidatura en la frase “Yo no vengo aquí a robar”. La honestidad como oferta de gobierno. Una virtud escasa que, según el programa Barranquilla cómo vamos, los barranquilleros consideran el atributo más importante del alcalde que van a elegir el 30 de octubre.

Las posibilidades de enriquecerse en posiciones como una Alcaldía, las resumió el polémico exsenador Juan Carlos Martínez en una frase de hondo significado: “La plata que deja una Alcaldía no la deja un embarque”. Razones debe tener para decirlo quien, condenado por ‘parapolítica’ y candidato a extradición, maneja desde la cárcel su feudo electoral y apadrina numerosos candidatos a alcaldías en el Valle y otros departamentos. Y algo de eso deben saber muchos de los más de 40.000 candidatos que aspiran a ser elegidos alcaldes el 30 de octubre.

Que robar es una opción que figura en el manual de los políticos lo ilustran las declaraciones del presidente del Congreso, Juan Manuel Corzo, sobre la insuficiencia de su millonario sueldo para pagar la gasolina de dos carros que tiene asignados, y quien para defenderse de la avalancha de críticas afirmó sin asomo de pudor: “Prefiero que me paguen el combustible y no robar al Estado”.

La corrupción le cuesta al país nueve billones de pesos al año, reveló el procurador Ordóñez, basado en estudios del Externado de Colombia y el Banco Mundial. Nueve billones que se van en sobornos, tráfico de influencias, dádivas, cohechos, comisiones, regalos… Nueve billones que circulan por las redes de ese sistema de poder alternativo que concentra en pocas manos recursos y bienes de destinación colectiva, y que en varias regiones tiene relación directa con estructuras mafiosas. Un fenómeno favorecido por la impunidad, la falta de transparencia en la financiación de la política, la precaria cultura de rendición de cuentas y el arraigado principio del ‘todo vale’. No es gratuito que el Barómetro Global de Corrupción (2009), registre que los partidos políticos y el Congreso son las dos instituciones más permeadas por la corrupción. Una vaina de locos.

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