Por: Juan Carlos Botero

Una vergüenza intelectual

SI ALGO COMPRUEBA LA DECADENcia del arte contemporáneo, en particular del arte conceptual, es la teoría de Damien Hirst que mi colega, Catalina Ruiz-Navarro, defiende en su pasada columna de este diario. "Los responsables del ataque terrorista del 9/11 deberían ser felicitados", dijo Hirst, "porque crearon una tremenda obra de arte".

Después del acto terrorista que mató a más de 3.000 personas de varios países, entre ellas 17 colombianos, Hirst opinó que el ataque a las torres había tenido un gran impacto visual, y por eso podría acceder a la categoría de obra artística. “Cambió nuestro lenguaje visual”, dijo Hirst, “y por eso se puede considerar una obra de arte”. Ruiz-Navarro lo apoya: “Yo estoy de acuerdo con Hirst”, señala sin pudor. “La caída de las torres es potente y poderosa… una referencia visual”.

La teoría de Hirst es absurda y atroz. Pero no es raro en alguien que ha hecho carrera haciendo y diciendo cosas escandalosas para mantener la luz de la prensa enfocada en su trabajo. No obstante, elevar a obra de arte un acto tan sangriento, cobarde y cruel, refleja una confusión conceptual digna de un infante. Es triste que casi nadie critique esa tesis tan irresponsable, y todavía más que alguien como Ruiz-Navarro la aplauda, la que sería risible si no hubiera tanto dolor de por medio.

Otra cosa muy distinta es que una obra de arte nazca de una tragedia. Eso ha pasado desde hace siglos. Más aún, se puede decir que buena parte del arte universal ha surgido, justamente, en reacción a desgracias personales o colectivas. Y no sólo las exposiciones que se han hecho luego del 9/11. La historia de la pintura está llena de crucifixiones, decapitados, puñaladas, matanzas y cuerpos perforados por flechas. Además, gran parte de la obra de Goya, las visiones del Bosco, Brueghel y Grünewald, y tantos cuadros como La balsa de la Medusa, de Géricault, y Guernica, de Picasso, nacieron de grandes tragedias, y el arte sirvió para impedir que éstas se olvidaran, y también para revelar su esencia más profunda: la barbarie de la condición humana que la hizo posible, o la grandeza del individuo que desafió la adversidad. Pero nadie expresó jamás semejante estupidez, que la obra de arte era la tragedia que la inspiró, y no la pintura que el creador hizo en respuesta a ésta.

Ya sé, ya sé. Sonará el coro de siempre, de críticos balando, diciendo que soy un retrógrado. Pero piensen lo siguiente: defender una tesis como ésta de Hirst, es precisamente el respaldo intelectual que se requiere para facilitar el holocausto. Porque la barbarie (el racismo, la intolerancia, la violencia contra el prójimo) nunca nace en el vacío. Requiere siempre de intelectuales que la expliquen y defiendan, que trivialicen el horror, que justifiquen su existencia. Y aplaudir una tesis como ésta de Hirst, quizá sin medir el alcance de su defensa, legitima el sufrimiento causado a gente inocente e indefensa. Y lo hace a risotadas. Eso es una vergüenza intelectual.

Ruiz-Navarro cita a Woody Allen en su columna. Entonces le correspondo con otra cita del cineasta. “Es tan patético el arte actual, que llegará el día cuando alguien se presente en Carnegie Hall y vomite en el escenario, y no faltará quien diga que eso es una obra de arte”.

 

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