Por: Santiago Montenegro

Una vergüenza nacional

En la edición de ayer, El Espectador pregunta: ¿Por qué el desempleo no ha bajado del 11%? También pudo haber preguntado: ¿Por qué la informalidad no ha bajado del 70%?

Esta definición de informalidad se calcula como los ocupados que no cotizan a salud y pensiones. Pero si se calcula como los colombianos en edad de trabajar que no cotizan a la seguridad social, la informalidad se sitúa en un 80%. Al costo de parecer monotemático, quiero insistir, una vez más, que los problemas de sostenibilidad financiera de la salud, la cobertura pensional, el reducido tamaño del sector financiero y del mercado de capitales están explicados por esta lamentable situación del mercado laboral de nuestro país. Pero quizá lo más grave de todo es que la perpetuación de la informalidad en el tiempo está conformando una sociedad dual, con unos ciudadanos de primera y otros de segunda categoría. Los primeros tienen empleos estables, cuentan con seguridad social, pueden obtener una deuda hipotecaria para comprar vivienda. Los segundos no son sujetos de crédito, no cotizan para asegurar un ingreso en la vejez, viven del día a día. Lo más intrigante de esta situación es que se ha creado un vergonzoso conformismo y un sentimiento de que no se puede hacer nada. Así, las políticas públicas, en lugar de tratar de reducir la informalidad, se amanceban con ella. Por eso, para los informales, aparecen los microcréditos, los microseguros y, ahora, las micropensiones, aunque no se las puede llamar así y las bautizaron como beneficios económicos periódicos.

Diseñadas con las mejores intenciones, estas medidas son la constatación de un fracaso monumental de nuestras políticas públicas. Como académico, como funcionario público y como dirigente del sector privado también asumo mi responsabilidad en esta lamentable situación. Pero tenemos que hacer algo más que lamentarnos por lo que hemos y no hemos hecho en el pasado. Con la reforma tributaria, el gobierno del presidente Santos dio un paso importante contra la informalidad y el desempleo reduciendo una parte de los costos parafiscales y asumiendo los costos de la salud contributiva, pero me temo que no será suficiente. Más temprano que tarde, será necesario abordar el problema de la relación entre el salario medio y el mínimo. Consistente con la altísima informalidad que tenemos, en el último informe de la OCDE se presenta una gráfica mostrando que la brecha entre estos dos tipos de salario en Colombia es una de las más bajas del mundo. Lo que habría que hacer es permitir que dicha brecha se amplíe, no reduciendo el mínimo, sino incrementando más aceleradamente el salario medio. En particular, una forma de hacerlo sería subiendo, año tras año, los salarios de los trabajadores formales, incluyendo los salarios de quienes ganan el mínimo, en la inflación más la productividad. Y, a quienes comiencen a trabajar a partir del primero de enero del año siguiente, se les reconocería el salario mínimo nominal ajustado por la inflación. Esto garantizaría que el salario mínimo no caiga en términos reales y que, con el paso del tiempo, la brecha entre el salario medio y el mínimo se amplíe. Aunque no produciría efectos inmediatos, una medida de esta naturaleza reduciría muchísimo la informalidad y el desempleo en el mediano plazo y nadie podría argumentar que dichos resultados se lograron a costa de reducir el salario mínimo.

 

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