Por: Mauricio Rubio

Una virtud arcaica, la fuerza de voluntad

"El estado superior en la cultura moral es cuando reconocemos que debemos controlar nuestros pensamientos".

La noción victoriana de la fuerza de voluntad, implícita en esta sentencia de Darwin, pasó de moda, tal vez como reacción a los distintos estándares exigidos a hombres y mujeres. Las guerras mundiales y los nazis con su “psicología de la voluntad” la desacreditaron aún más y los baby boomers le dieron el puntillazo con el "si le gusta, hágale". El libre desarrollo de la personalidad como derecho fundamental tampoco valoriza el autocontrol, ni la disciplina.

Los intelectuales reforzaron esa tendencia. Se impuso esa visión tan habanera que los comportamientos reprochables se deben a factores externos al individuo, moldeado y reprimido por el sistema. Es una filosofía cómoda para promover políticas y reformas que supuestamente resuelven problemas de manera global y más ligera que responsabilizando a los individuos.

El interés por la fuerza de voluntad resurgió por accidente en los sesenta cuando unos psicólogos de Stanford trataban de entender cómo se aprende a resistir la gratificación inmediata. Pidieron a niños de cuatro años quedarse sólos en un cuarto frente a una golosina con la instrucción de no comérsela y la promesa de darles una adicional si aguantaban quince minutos. Algunos resistieron la tentación mientras otros no pudieron. Las hijas de un investigador eran compañeras de los participantes en el experimento y años después le contaron que a los aguantadores les iba mejor en el colegio. Les hicieron un seguimiento sistemático, encontrando que sacaban notas superiores y no se metían en líos. Después, tuvieron mayores puntajes en las pruebas finales del bachillerato y reportaron menos consumo de sustancias.

A mediados de los noventa dos de los psicólogos presentaron resultados de otros experimentos y propusieron una escala para medir el autocontrol. La variable resultó útil para predecir desempeño académico, adaptabilidad y relaciones personales. Señalaron que “las fallas en la auto regulación son la gran patología social de la época”: afectan los divorcios, la violencia doméstica, el crimen y muchos otros problemas. Las personas con fuerza de voluntad muestran capacidad de empatía, forman relaciones estables, son poco propensas a la ansiedad, depresión, paranoia, comportamientos compulsivos o agresión y reportan menos desórdenes alimenticios o consumo de tabaco, alcohol o droga. Por el contrario, quienes tienen déficit de autocontrol son proclives a los conflictos con familiares, profesores, jefes, compañeros o con la ley. Son vulnerables a las adicciones e incluso a las enfermedades de transmisión sexual.

En el 2010 se publicaron los resultados del estudio más ambicioso sobre la fuerza de voluntad. Una cohorte de mil neozelandeses fue observada desde su nacimiento y durante tres décadas. Aquellos con sólido autocontrol infantil mostraron de adultos mejores resultados académicos, profesionales, de estado de salud y menor consumo de sustancias. Quienes terminaron con formación profesional deficiente, empleos precarios, dificultades financieras o problemas legales tenían poca fuerza de voluntad en su infancia.

Estos resultados son coherentes con los hallazgos de la criminología de jóvenes en los que la fuerza de voluntad es una variable clave. Los corruptos han sido menos estudiados que los violentos pero el modelo estándar es aplicable: los problemas empiezan con pequeñas infracciones infantiles por deficiente autocontrol de los impulsos. La honestidad exige no sólo saber lo que es indebido sino tener la capacidad para rechazar, aún sin vigilancia, el provecho personal en detrimento de otros. También se está descubriendo que los corruptos, como los violentos, son hipersensibles a recompensas no monetarias. La afición de los pícaros de la DEA a prepagos suministradas por narcos ilustra la dimensión sexual de la corrupción, tan antigua y eficaz como silenciada. Ojalá con esta campanada a la justicia saliera a la luz el burdel especializado en magistrados del que me habló una funcionaria distrital conocedora del medio, o el descarado reclutamiento de acompañantes en algunas facultades de derecho.

La frase de Darwin sobre la cultura moral no sugiere que la capacidad de autocontrol sea innata. Actualmente no se descarta la posibilidad de un componente hereditario, pero está claro que es una cualidad que se puede y debe trabajar desde la infancia. Aplazar sistemáticamente recompensas, respetar restricciones, cumplir horarios, hacer tareas no divertidas son hábitos que entrenan la fuerza de voluntad para cualquier contexto. La integridad adulta exige infantes y jóvenes disciplinados, no zánganos pendientes de recompensas instantáneas. Al llegar a un cargo público, o a la magistratura, ya es tarde para adquirir esas destrezas. Los corruptos de hoy seguramente fueron unos carajitos insoportables: consentidos, malcriados, copietas, incapaces de resistir antojos, y bien coquetos.

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