Por: Santiago Montenegro

Una voz para escuchar

EN ESTOS TIEMPOS DE CRISIS ECOnómica mundial, muchos académicos y analistas argumentan la subyugación definitiva de las sociedades ante la fuerza imparable del capital y del dinero.

Es una especie de idea de fin de la historia, pero, en tanto el concepto de Fukuyama era celebratorio de la caída del Muro de Berlín y del supuesto triunfo definitivo de la economía de mercado y de la democracia liberal, la nueva concepción es negativa y derrotista y proviene de sectores que, en grado diferente, son muy críticos de lo que definen como el sistema capitalista y el papel preponderante del dinero y sus efectos perversos, como la alienación de los individuos, la desigualdad y la miseria. Por supuesto, esta argumentación no es nueva. Hace más de 150 años, Karl Marx planteó la sujeción completa de la sociedad, incluyendo las ideas, la cultura y la conciencia, a la estructura económica y a la lógica de la acumulación de capital. Posteriormente, Lenin amplió dicho dominio al total de la humanidad al definir el imperialismo como la fase superior del capitalismo y, a partir de allí, han existido muchos desarrollos de esta visión de la sociedad como una totalidad lógica, como un sistema que debe ser cambiado por otro sistema. Uno de los desarrollos más influyentes fue el de la Escuela Crítica, cuyo centro fue Frankfurt, la cual, en la tradición heredada de Marx, planteó la lógica de reproducción del capital y de dominación en las distintas facetas de la sociedad, incluyendo las ideas, la cultura, la vida privada y, en algunas versiones extremas, hasta la vida sexual y reproductiva. La gran mayoría de los exponentes originales de esta escuela cayeron en desuso por su pesimismo absoluto, porque el socialismo real de la Unión Soviética, de Europa del Este o de Cuba parecían aún peores que el capitalismo que tanto criticaban y también porque no pudieron explicar cómo su propio discurso pudo liberarse de la alienación y del dominio del capital que, según ellos, llegó a invadirlo todo, incluyendo los discursos y las narrativas.

Por eso, sorprende que algunos analistas acudan a estos esquemas mentales en estas épocas de crisis. Están en su derecho de hacerlo, pero si persisten en este empeño, deberían acudir a quien es, quizá, el único superviviente, y el más brillante exponente de esta escuela: Jurgen Habermas. Sin negar el papel abrasador del dinero, del Estado o de los medios de comunicación, que él define como los sistemas, Habermas argumenta que existe una esfera autónoma, lo que llama el “mundo de la vida”, que incluye las ideas, la cultura y el mundo personal y que la defensa de esos espacios en el capitalismo es posible mediante la acción comunicativa y el uso público de la razón y que es posible alcanzar una democracia deliberativa en la cual, mediante la crítica y la deliberación, el poder alcanza la legitimidad. Así, Habermas logró hacer una especie de puente entre la tradición de la Teoría Crítica y la tradición liberal que lo han convertido en uno de los pensadores más influyentes de Occidente en el último medio siglo. Sus ideas —infortunadamente escritas en un texto intrincado y complejo— han permeado la filosofía política, la sociología, las teorías jurídicas y las reformas constitucionales y legales en el mundo, incluyendo nuestra Constitución de 1991. No sólo quienes ven el capitalismo como un sistema que debe ser cambiado por otro, sino aquellos que quieran tener buena compresión de los problemas, contradicciones y retos de nuestra época, debemos estudiar y aprender de Habermas.

 

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