Por: Eduardo Barajas Sandoval

Unas Américas nuevas

Aparentemente, gracias a la actitud y al temperamento de Barack Hussein Obama, las Américas pueden estar cerca de un nuevo pacto de convivencia, sobre bases de mutuo respeto, menos desigualdades y un clima de reconciliación.

A diferencia de las tradicionales reuniones de los países americanos, es decir de los encuentros entre diferentes versiones del continente-hemisferio, que eran como un concilio de ahijados y padrino, la reunión de Puerto España, en Trinidad y Tobago, estuvo llena de señales novedosas. Todo el que crea que es hora de superar en el continente los esquemas de la guerra fría, lo mismo que los de la hegemonía pura y dura de los Estados Unidos, puede abrigar un poco de esperanza.

La figura de Obama, y su talante, tienen mucho que ver con este cambio de perspectiva. Porque no es lo mismo que los Jefes de Estado o de Gobierno de esta región del mundo concurran a una de estas citas a contestar a lista y recibir reprimendas o lecciones, que si son tratados de manera respetuosa y cordial, y sobre todo si en lugar de pontificar se discuten, o al menos se evocan, temas tradicionalmente dormidos.

El hecho de que América Latina figure dentro de la agenda global en términos distintos de los que tradicionalmente le asignaban la condición impuesta de patio trasero, es digno de celebrar. Aunque tampoco hay que exagerar y no conviene concluir apresuradamente que todo cambió en el fondo porque una primera reunión trascendió sin contratiempos y dentro de un ambiente de mutua cortesía.

Las ventajas de la cumbre radican en el hecho de que se pudo avizorar el abordaje de problemas históricos que por décadas nadie había querido tocar, y que encarnan situaciones que mal pueden dejarse al garete, sobre todo si el mundo ha cambiado y plantea nuevas exigencias tanto en el orden político como en el económico y en el de las ideas sobre la forma de entenderlo. Tal es el caso de traer a cuento la situación cubana, que merece de pronto un nuevo enfoque, ante la aparente inoperancia de un bloqueo que está bloqueado en sí mismo desde hace mucho tiempo.

A los países de la América Latina les conviene aprovechar la coyuntura histórica de cambio de tono y de dirección de la agenda internacional de los Estados Unidos, que da a entender que ese país, de inevitable importancia en el destino del hemisferio, puede comprender mejor las realidades de cultura política, valores sociales y opciones de desarrollo de los demás habitantes del continente.

Al ventilar escuetamente el tema cubano, desmitificar la capacidad de oposición venezolana y adoptar una actitud respetuosa de socio, más que de patrón, los Estados Unidos están ganando nueva confianza en los escenarios de la política continental. Si en consecuencia con lo que mostraron en Puerto España terminan por avanzar en una apertura hacia Cuba, sorteando las dificultades que ello puede traer, el camino estará abierto para que la gran familia de las Américas pueda pensar en un futuro más promisorio.

Es el momento en que se requiere, de parte de los países de América Latina, no reiterar hacia el futuro ni ese servilismo que tanto daño ha hecho hasta ahora, ni esa confrontación verbal descarriada que tanto erosiona las posibilidades de ganar una respetabilidad internacional fundamentada en la defensa digna de intereses comunes. Tal vez sea hora de que se pongan de manifiesto un talento y un protagonismo que confieran capacidad negociadora suficiente para que las relaciones interamericanas sean, por fin, factores de creación de unas nuevas Américas. Como si estuviéramos entrando en una especie de mayoría de edad.

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