Unas palabras de aliento

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Calles grises, inhóspitas, miradas hostiles, cuerpos afanados: Bogotá tiembla con los vientos que anuncian la próxima protesta del jueves 21 de noviembre. Cuando esta columna salga publicada, la marcha del día 21 habrá ya recorrido todas las calles del país, y los caminantes se habrán ya enfrentado a todas las adversidades que el destino les habrá puesto sobre el camino. A pesar de lo que vaya a pasar, quisiera, mediante esta columna, animar la lucha: sin importar qué hagan las redadas del Esmad, las tropas del ejército o las brigadas de la policía; sin importar si quieren acabar con nuestra integridad como ciudadanos; sin importar las amenazas constantes, invito a todos los ciudadanos a que luchemos por el país en el que todos merecemos vivir.

Para un país como el nuestro no es sencillo reclamar aquello que nos pertenece: mantos y velos negros encubren todas nuestras acciones. El miedo a que nos maten, a que nos repriman, a que nos acribillen y nos torturen siempre está presente. La Violencia ha sido nuestra sombra desde tiempos inmemorables. Sin embargo, quisiera darnos un poco de ánimo: importantes líderes de revoluciones pacíficas han dejado un legado filosófico y espiritual que puede animarnos a combatir las injusticias aún con las adversidades que se nos presentan.

Mahatma Gandhi, pacífico libertador del país de la India, hablaba constantemente de la brecha que existía entre el silencio y la opresión. En uno de sus más célebres discursos, Gandhi dijo: “Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”. En Colombia hemos estado callados durante años, y este es uno de los peores síntomas de la opresión que han ejercido sobre nosotros: han comprado nuestro silencio con miedo, y esto es una clara muestra de que una sociedad como la nuestra no ha sido una sociedad digna de llamarse democracia.

Es hora de vencer el miedo, de superarlo. Ha vivido demasiado cómodo en nuestros hogares y el Centro Democrático quiere que siga siendo nuestro inquilino. La militarización del centro de la ciudad, el allanamiento a los medios de comunicación, los paseos del ESMAD por las vías de Bogotá y el continuo desaliento que infundan frente a la protesta nos invitan a quedarnos paralizados. Nelson Mandela, importante líder sudafricano, decía: “No es valiente aquel que no tiene miedo sino el que no sabe conquistarlo”. Si queremos conquistar los derechos fundamentales que este fatal gobierno nos quiere usurpar debemos comenzar por derrumbar los bastiones del miedo, que se imponen como un muro inquebrantable. Ya no hay nada que no nos hayan quitado en los últimos 70 años de historia: en nuestras manos está el poder de recuperar nuestra libertad.

De hecho, como decía Martin Luther King, “la libertad nunca fue voluntariamente otorgada por el opresor; debe ser exigida por el que está siendo oprimido”. Es nuestra responsabilidad como pueblo garantizar una mejor vida para las generaciones venideras. El gobierno nada nos va a conceder si no lo exigimos: la democracia va mucho más allá de dirigirnos a las urnas cada cuatro años para escoger un líder mediocre. La democracia está en poder exigir aquello que es más justo para nosotros.

No dejemos que nuestros ánimos decaigan. No nos dejemos atrapar por el espíritu del conformismo, y mucho menos por las ínfulas del egoísmo. Pensemos por una vez en lo que es mejor para todos, y no nos dejemos envolver por el miedo a la Violencia, a la muerte, a la represión. Por una vez despojémonos de los mantos negros que nos recubren, y con nuestras caras iluminadas por el sol, salgamos a marchar: las recompensas siempre están más allá de las fronteras que el terror nos impone.

@valentinacocci4, valentinacoccia.elespectador@gmail.com

 

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