Costas extrañas

Unas palabras sobre el fin del mundo

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Polonia puede jactarse de una rareza: tiene, solo en el siglo pasado, tres poetas buenos. Mientras otros países se fatigan por parir al menos uno, en Polonia parecen brotar con tanta naturalidad como los saúcos al borde de la carretera. Se trata, para mayor envidia, de tres contemporáneos: Zbigniew Herbert, Wislawa Szymborska y Czeslaw Milosz. Además de producir buena poesía, la produce toda a la vez.

Milosz, como Szymborska, recibió el Premio Nobel. En su madurez, tras haber resistido a la invasión nazi, huyó a Estados Unidos por una nueva amenaza: el comunismo. En 2004 murió en Cracovia, a los 93 años. Entre sus numerosos poemas, quisiera hablar de uno que parece pertinente para este tiempo. Lo escribió en Varsovia, poco antes de que acabara la Segunda Guerra. Su hijo Anthony Milosz lo tradujo al inglés como A Song on the End of the World, que en español equivaldría a Una canción sobre el fin del mundo o Una canción en el fin del mundo o, quizás con atrevimiento métrico, Una balada sobre el fin del mundo.

El poema, que traduje del inglés, abre con estas dos estrofas:

El día en que el mundo se acaba,

Una abeja ronda un trébol,

Un pescador remienda una atarraya tenue.

Marsopas felices saltan en el mar,

En la canal están jugando los gorriones jóvenes

Y la serpiente es dorada de piel, como dicta la costumbre.

 

El día en que el mundo se acaba,

Las mujeres caminan a campo traviesa bajo sus sombrillas,

Un borracho se adormece al borde del césped,

Los vendedores de vegetales vociferan en la calle

Y un bote de velas amarillas se acerca a la isla;

La voz de un violín se prolonga en el aire

Y conduce hacia una noche estrellada.

En un instante, el poema compone un contraste. Aunque está ocurriendo un hecho fabuloso, aunque el mundo llega a su fin, las cosas de la Tierra —animales, mujeres y objetos— conservan su tono rutinario. El narrador del poema reúne numerosas impresiones que suceden en paralelo: el pescador que repara su red, las mujeres que atraviesan el campo, el bote a punto de arribar a la isla. Todas las cosas están en movimiento, en un movimiento que parece perpetuo e imparable, a pesar de que el mundo discurre hacia la quietud absoluta.

El narrador, entre tanto, está mirando, como un caminante ocioso. No es un narrador pasivo: de entrada, sus anotaciones visuales sugieren una idea, una intención, al menos una sensación. Si el mundo se va a consumir y si las cosas vivas que lo componen lo ignoran, ¿por qué no cantar? Ante el dramatismo del desastre, el narrador adquiere una postura casi estoica: alguien que canta en medio de la extinción debe templar, por fuerza, su temperamento. Jamás incurre en la sensiblería: repite una vez su verso dominante, El día en que el mundo se acaba, sin atisbo de sorpresa, como si ya lo supiera. Entonces se dedica a observar.

De pronto, el tono casi inocente de las dos primeras estrofas cambia en la tercera:

Y aquellos que esperaban relámpagos y truenos

Se sienten defraudados.

Y aquellos que esperaban señales y trompetas de arcángeles

No creen que está sucediendo ahora.

Mientras el sol y la luna estén en la bóveda,

Mientras el abejorro visite una rosa,

Mientras nazcan niños rozagantes,

Nadie cree que está sucediendo ahora.

El narrador que apenas describía, que apenas se involucraba con los sujetos de sus observaciones, prefiere ahora azotarlos con la burla. Se mofa de sus expectativas y de su tendencia al dramatismo: suponen que el fin del mundo es un evento tan singular que convocará un teatro metafísico, donde los ángeles descenderán y el Apocalipsis montará a caballo, y son incapaces, en cambio, de imaginar por un momento que el mundo es un objeto tan quebradizo como el resto del universo y que a los objetos quebradizos nunca se les da un entierro de primera.

Además, en esas dos estrofas el narrador da un paso al costado: mientras el mundo se inclina por la exaltación, él opta por la comedia trágica. Es un marginal. Se burla en medio del fuego. Se queja en medio de la candela. Parece la voz de los últimos versos de Los hombres huecos de T. S. Eliot: “Así es como termina el mundo / Así es como termina el mundo / Así es como termina el mundo / No con un estruendo, sino con un gemido”. Mientras nazcan niños rozagantes es la prueba de su reclamo: como todo sigue su curso, los humanos consideran que la supervivencia del mundo está garantizada. Adormecidos por sus tonterías, no ven la avalancha que se aproxima.

En la última estrofa el foco se concentra sobre una imagen:

Sólo un viejo canoso que parece un profeta,

Pero no es un profeta porque tiene mucho ajetreo,

Repite mientras amarra sus tomates:

No habrá otro fin del mundo,

No habrá otro fin del mundo.

El viejo canoso es un hombre corriente, pero al mismo tiempo tiene el aspecto de un profeta. No lo es por una razón sencilla: está muy ocupado, tiene un trabajo regular, debe sobrevivir. Aun así sabe que no habrá otro fin del mundo; es el único que sopesa esa verdad; un hombre común, frágil y llano es el profeta de un mundo común, frágil y llano. En el fin del mundo, porque no puede hacer más, el hombre sabio amarrará sus tomates en calma mientras el mar irrumpe por la rendija de la puerta.

 

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