Por: Lisandro Duque Naranjo

Unas palabritas

Estuve en Manizales hace poco, y como siempre lo hago cuando viajo por zonas de cultura paisa, me apliqué a disfrutar esa parla que es la misma de mi pueblo, Sevilla, en el Norte del Valle, fundado también por antioqueños.

En la oralidad que domina la conversación en esas plazas —me refiero a íntegros los municipios del Eje Cafetero—, se educaron mis oídos durante mis primeros veinte años de edad, hasta cuando me vine para Bogotá, ciudad en la que no obstante vivir hace más de cuarenta, todavía me tratan como acabado de desempacar de Caldas o Antioquia. Evidentemente mi partitura siguió siendo la misma de cuando bachiller, pero mi letra comenzó a ser otra en esta capital habitada por opitas, santandereanos, costeños y hasta bogotanos. Sin darme cuenta, comencé, por ejemplo, a decir chunchullo en lugar de chunchurria, morcilla en vez de rellena, y así sucesivamente con palabras no apenas alusivas a la gastronomía: los clósets sustituyeron a los escaparates, las cortinas a las colgaduras, y las doñas a las misiás.

Haciendo más ambiguas aún mis raíces, soy vallecaucano, y por supuesto el arequipe y la almojábana los asocio, el primero con los postres de la infancia y la segunda con los algos caseros, los mismos que en el altiplano se denominan las onces. Pero empecé hablando de Manizales, a cuyos naturales caracterizó Toño Mejía como “antioqueños educados en Popayán”. Todos, pues, incluidos los que se sienten más fatutos, somos de muchas más partes de las que nos imaginamos.

El hecho es que llegué a Pereira donde me recogió para llevarme por tierra a Manizales la promotora cultural Jessica Zambrano. Con antojo de un calentao, en la primera fonda me despaché a satisfacción uno de tamaño responsable, como a las diez de la mañana. Ya en la capital de Caldas, a la hora del almuerzo, viéndome inapetente mi anfitriona me dijo: “pues con razón maestro, si es que con ese desayuno usted quedó tableado”.

Mi atenta guía me llevó en un metro cable desde el terminal terrestre hasta la 22, donde quedaba el hotel. Un viaje de vértigo, por encima de esas cuestas manizaleñas por las que se rueda un chicle. Nos acompañaba una anciana que le preguntó a otro pasajero si sabía dónde quedaba una panadería “especializada en parva integral”. Otro viajero del vagón colgante nos contaba a todos que en el barrio San Rafael un camión se había chocado contra el poste de un transformador, provocando un chisporroteo. “Me imagino que causó un apagón”, le dije, y me respondió: “de más que sí”. Y un tercero le ayudó en la hipótesis: “natural…”.

Ya en el hotel, mientras me registraba, otro aspirante a habitación escuchó la terrible sentencia de que no quedaban alojamientos disponibles. El hombre se rascó la cabeza, y dijo: “y para ajustar yo encartado con esta mano de maletas”.

A mediados de los noventa, una prima de Medellín, Patricia Duque, me pidió ayudarla ante Gabriel García Márquez para lograr que éste aceptara una invitación a inaugurar el proyecto de arte en las estaciones del metro. Yo le advertí que él era alérgico a esas ceremonias, pero que por tratarse de ella iba a gestionarle la manera de hablar con él para que le hiciera la propuesta. Llamé a Gabo, le informé del asunto, y él me autorizó a darle su número telefónico. A los pocos días supe por ella que nuestro Nobel había sido queridísimo hasta el punto de decirle que aunque no viajaría de todas maneras le iba a enviar un artículo suyo alusivo al evento. Como me pareció un detalle digno de agradecer, llamé a Gabo y me dijo: “Yo no podía negarme a eso porque tu prima, apenas le dije que no podía viajar, me salió con esta frase bellísima: ‘maestro, y en vista de su ausencia por qué no nos manda entonces unas palabritas’”.

[email protected]

Buscar columnista

Últimas Columnas de Lisandro Duque Naranjo

La velatón fue mundial

No estamos en 2002

Por Petro

Profecía sobre ayer

Ahí les queda esa paz