Por: Rodolfo Arango

Universidad a la calle

En Colombia hemos sido entusiastas con ciclovías, días sin carro, noches de comercio o de rumba hasta ver el sol.

Va siendo hora de que por lo menos una vez al año las universidades se vuelquen a las calles de las ciudades para que sus profesores compartan sus saberes y prácticas con la ciudadanía en general.

Se trata de una idea sencilla, fácil de realizar. Se necesita voluntad y algo de coordinación por parte de las universidades y las secretarías de Educación. Una vez al año (o al semestre), en plazas y parques de las ciudades del país, se impartirían cátedras abiertas durante el día sobre las disciplinas más diversas, para socializar el conocimiento y debatir sobre sus alcances, todo en lenguaje comprensible, universal. Los temas a tratar podrían referirse a problemas sensibles de la población o la localidad.

“Universidad a la calle” podría, además de difundir los conocimientos, motivar el uso de las bibliotecas y centros culturales. También sería ocasión para despertar vocaciones y guiar a la juventud frente a posibles opciones profesionales. Escuchar a académicos disertar sobre temas de relevancia individual o colectiva puede ser inspirador para quienes quieren tomar en propias manos las riendas de su existencia y necesitan de una voz conocedora en el momento oportuno. A la droga, al alcohol y a la pandilla juvenil debemos disputarles el espacio en su terreno, las calles, no con violencia sino con inteligencia.

La nación no transita épocas felices en materia educativa. Existe la tendencia a confundir formación con capacitación. “La necesidad tiene cara de perro” (con el perdón de los perros), dice el refrán. Con tanto empleo precario, fácil es ofrecer la enseñanza de una práctica u oficio como si se tratara de la única alternativa. A esto se suma una razón utilitaria: el país necesita más técnicos y tecnólogos, menos profesionales. Pero en una democracia debe ser la persona misma quien decida, no las autoridades públicas quienes capaciten al pueblo para no morir de hambre. La apropiación crítica del conocimiento, no su mera acumulación, constituye el sentido de la universidad.

En contexto de posconflicto, la población requiere escenarios que le permitan soñar un futuro mejor. Una educación para la democracia justifica la revitalización del ser político por medios diversos y alternativos. Las cátedras a la calle rememoran los inicios de la universidad, cuando el saber estaba al servicio de todos; no dejemos que la privatización del saber instrumentalice y mate la democracia. El derecho a no tener hambre exige deliberar con criterio sobre el porvenir de la nación, no dejar en manos de hábiles tecnócratas las grandes decisiones sobre medio ambiente y salud, educación y trabajo, por bienintencionados que sean. Los habitantes de pueblos y ciudades tienen derecho a información científica de primera mano, no mediada por instancias políticas que buscan capitalizar el saber para su propio beneficio.

Acercar los saberes especializados, la investigación y la docencia a la población en general puede resultar un mecanismo de reparación y no repetición de experiencias históricas traumáticas. No hacerlo explica el bajo nivel evidenciado en el reciente debate sobre paramilitarismo en el Congreso. Otros serían los resultados si la academia saliera de la torre de marfil y se acercara a la gente, con humildad y generosidad. De hacerlo, estaríamos un paso más cerca de construir una verdadera democracia como alternativa a la manipulación y la violencia.

 

Rodolfo Arango *

 

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