Por: Humberto de la Calle

Universidad pública: no es solo plata y calidad

Dice Wasserman que hay que actualizar el propósito de la educación (¿hacia qué educar?). Que los académicos se distraen en discusiones bizantinas, a lo cual agrega Werner, del Fondo Monetario, que Latinoamérica sigue atrapada en problemas del siglo pasado y que no conecta la educación con las necesidades.

Muy bien. Pero en el caso de Colombia la cosa es más profunda. No hay punto de encuentro en esta sociedad. No hay momento o instancia en la que habite la identidad nacional. Quizás la Selección de Fútbol. Porque ya ni El Minuto de Dios. No hay proyecto colectivo.

No es que todo tiempo pasado fuera mejor. Pero sí es cierto que el sistema educativo público fue predominante durante mucho tiempo. Hubo entidades religiosas que impartían educación, pero para la generalidad de los colombianos, hasta hace algunas décadas, el camino del sistema público era obvio. En Manizales, mi tierra, el Instituto Universitario, oficial, educó muchas generaciones con un rigor académico impecable y una enseñanza ética insuperable. Ya hacia los años 50 comenzaron a florecer colegios privados, de buena calidad. Y en la educación universitaria, el epicentro lo constituían la Universidad Nacional, sede regional, y la Universidad de Caldas. Esta última, donde estudiamos casi todos, era la Universidad por antonomasia. En general, quienes viajaban a otros lugares, Medellín, Popayán, ingresaban también a universidades públicas.

Todo esto para señalar que la discusión actual gira en torno a la calidad, la cobertura, la posibilidad de acceso y el manejo de la tarea docente.

Son puntos importantes, pero hay algo más de fondo: el sistema público y en especial la universidad oficial eran el punto de encuentro de todos los colombianos. Con sus diferencias, con sus clases sociales, con intereses y comportamientos diversos. Pero era allí donde nos sentíamos miembros de la comunidad.

Allí conocimos heroicos procesos de superación, fracasos irremediables y tantos que iban a nadadito de perro. Una muestra de lo que somos. Allí supimos del mal, pero también aprendimos a no naufragar en él. A sortear. A convivir. A comprender. A saber de la alegría y la miseria. Allí éramos algo, éramos parte de algo, a veces incluso éramos uno. Desde Rodríguez, que fue el primero que tuvo moza; el Poeta, que sobrevivió vendiendo un libro de poemas y coqueteándole a doña Elvia para que le rebajara sus ausencias; Chepe, que tenía que cultivar flores para sobrevivir y lograba llegar jadeante a clase de 7 en su jeep destartalado; la semilla de magistrada que se transportaba en un lujoso Renault; Mejía, el rico de la motoneta; Suárez, brillante, que murió en la aventura del M-19; Jaramillo, líder víctima de la violencia; Murcia, el extorsionista; hasta Melo, un conservador de izquierdas.

Con todo lo que se le debe a la educación privada, sin embargo ha contribuido a desgajar la sociedad, a crear compartimientos estancos, a separar y, lamentablemente, lo usual es que la separación haya sido transversal. Una separación por clases sociales.

¿Cómo podemos ser sociedad de nuevo y no esta pecera de tiburones?

Pensé que la reconciliación podría ser ese nuevo punto de encuentro. Lo dijo el papa Francisco. Pero todavía tenemos trecho por recorrer. ¡Ánimo!

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2019-02-10T00:00:52-05:00

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2019-02-10T00:15:02-05:00

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