Por: Julián López de Mesa Samudio

Universidad y Educación

Desde la seguridad que nos brinda esta torre de vigilancia podemos otear, por ahora sin afanes, el horizonte de nuestras posibilidades; pero también vislumbramos el terreno más próximo a nuestra actual existencia.

Así, desde nuestra privilegiada posición vemos cómo el sistema educativo contemporáneo cumple con varios propósitos. Sin embargo, una de sus funciones más importantes, y por lo mismo quizá una de las menos subrayadas, tiene que ver con su utilización como mecanismo para conservar y perpetuar los valores y los anhelos de las clases dominantes. Conforme van creciendo las clases medias alrededor del mundo, asimismo crece el énfasis y la importancia que tiene, dentro de estas mismas clases, el cumplir cabalmente con el proceso educativo contemporáneo  –cada vez más formalizado y estandarizado–. En otras palabras, a raíz del triunfo paulatino, desde finales del siglo XIX, de las clases medias alrededor del mundo, superar con relativo éxito todas las etapas de este largo proceso, es una condición absolutamente necesaria, dentro del imaginario colectivo, para tener una vida digna.

De este proceso –de más de cien años en el mundo Occidental– ha surgido triunfante una institución sin la cual nos parecería inconcebible seguir avanzando, progresando si se quiere, en esta vida: esta institución es la universidad contemporánea. La universidad, como se concibe actualmente, ha coadyuvado con los procesos de homogenización y estandarización del conocimiento y ha contribuido decididamente a dictar los parámetros en cuanto a la presentación del mismo.  Hoy en día se puede hablar de la preponderancia y el imperio de unas pautas educativas mundiales impuestas desde las instituciones educativas más reputadas. Las universidades alrededor del mundo que no comulguen o se aparten de ellas, simplemente no son aceptadas e incluso su existencia es cuestionada. Esto trae como funesta consecuencia que todo pensamiento original, y si se piensa el asunto más detenidamente, que todo pensamiento sea visto con sospecha cuando no con franca animadversión. Por esta razón se hace énfasis en la forma. El fondo de un asunto pasa a un segundo plano pues se le da prioridad a unos supuestos requisitos de forma sin los cuales es inconcebible la presentación de cualquier saber.

Desde hace ya algunos años nuestras instituciones de educación superior –como son pretensiosamente llamadas las universidades– le han apostado decididamente a ser parte de ese sistema educativo mundial. Empero, esta adopción de los principios rectores de la educación estandarizada global se ha hecho torpemente; y como vulgar imitación que es, le ha dado más valor a la forma, a las externalidades, a lo aparente. No se han sopesado las ventajas y desventajas que trae dicha apropiación, no se han analizado alternativas, no se ha tenido ‘sentido crítico’ (uno de los sacrosantos valores de la enseñanza universitaria actual) frente a las deficiencias del sistema. No; simplemente se ha adoptado con fe ciega, con el arribismo intelectual propio de quien acaba de ascender en la escala social y aún se siente inseguro de sus gestos, de sus palabras, de sus modos. Lo que es quizás más angustiante, es que el proceso no tiene reverso. Año tras año crece el número de personas jóvenes (porque después de cierta edad ya no se puede pertenecer al sistema) que conocen a la perfección su limitadísimo campo de saber, pero que son incapaces, no sólo de comprender algo distinto, sino algo incluso relacionado directamente con su especialidad. ¿De qué vale saber con precisión absoluta para qué sirve la punta móvil de un bolígrafo si se ignora completamente el funcionamiento del propio esfero?.

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