Por: Hernando Gómez Buendía

Universidades de garaje

Hay cuatro clases de universidades en Colombia: las públicas de excelencia, las públicas regulares, las privadas de calidad y las privadas de garaje.

Estas universidades hacen cosas distintas y operan en mercados diferentes:

–Las públicas de excelencia (Nacional, Antioquia, Valle y tal vez UIS) contribuyen a la ciencia y forman profesionales idóneos; pero su costo por alumno es muy alto y por eso crecen poco.

–Las públicas regulares funcionan en las regiones, fueron creadas por políticos, tienen sindicatos fuertes y son bastante costosas; crecen hasta un cierto punto.

–Las privadas de calidad son excelentes (hacen ciencia) o aceptables (muy buenos profesionales), pero sus costos son altos y por lo mismo tampoco crecen mucho.

–Las privadas de garaje se conocen por un hecho: tienen dueño conocido, que suele ser el rector, operan a poco costo y abren más y más programas para cautivar incautos.

Todo mundo sabe cuáles universidades —e incluso cuáles programas— pertenecen a cada una de estas categorías. Los hijos de los ricos van a las privadas de buena calidad, los de los pobres aspiran a las públicas de excelencia o a las regulares si viven en provincia, pero cada vez más tienen que resignarse con privadas de garaje.

Lo bueno de esta historia es el acceso creciente a la universidad: entre 1960 y 2012, la matrícula en pregrado creció 8 veces más rápido que la población. Lo malo es esta ley matemática: el crecimiento de las matriculas ha sido estricta e inversamente proporcional a su calidad.

O sea que cada vez tenemos más profesionales, pero cada vez están peor formados. Y esto se debe a tres cosas: la inercia demográfica, la lógica del mercado y la acción —o inacción— del Estado:

–Con más ciudades y más bachilleres, el número de aspirantes a la universidad aumenta rápidamente;

–Pero las públicas no pueden atender esa demanda porque son costosas, y las privadas de calidad porque cobran matrículas muy caras;

–La acción del Estado consiste en educar a unos pocos privilegiados, y su inacción en no aumentar masivamente los cupos para atender el exceso de aspirantes.

Por eso crece y seguirá creciendo la educación privada de mala calidad. Por eso da risa —y da tristeza— el anuncio de que esta vez sí van a intervenir: la ministra tendría que cerrar unas 150 de las 193 “universidades” que tenemos.

Lo serio sería no llamar “universidades” a cosas que no lo son. Adoptar regímenes diferentes para cada tipo (digamos, “autonomía universitaria” para las que son). Elevar la eficiencia de la universidad pública. Pedirles a sus egresados que devuelvan la matrícula en impuestos. Multiplicar el crédito estudiantil. Invertir mucho más en la universidad.

Y mientras tanto, establecer exámenes de Estado serios para que la sociedad no pague el plato roto de tantos médicos, abogados, contadores o ingenieros ineptos. Como si fuéramos un país serio. O como esos de la OCDE.

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2014-11-14T18:55:16-05:00

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