Universidades virtuales

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Fui profesora universitaria durante más de 30 años, y por eso me duele la perspectiva de que el semestre entrante, por los peligros de la pandemia, un 30 o 40 % del estudiantado —según se calcula— no se inscriba en la universidad. Pero lo entiendo. Por exitoso que sea el esfuerzo de los profesores en sus clases virtuales, no se justifica pagar matrículas —y a veces alojamiento y comida, cuando los estudiantes son de otras ciudades— si se está privado de la vida universitaria. Porque la universidad es más que clases: son los grupos de estudio que se forman espontáneamente, la actividad de las bibliotecas, los eventos extracurriculares, las discusiones intelectuales entre compañeros, las amistades que allí se hacen y que suelen ser para siempre, y todo lo que sumado podríamos llamar “el espíritu universitario”.

Es claro que la situación de emergencia que ha creado la pandemia justifica la didáctica virtual, con sus pros y sus contras, y que eso puede durar meses. Pero lo que resulta escandaloso, como se ha empezado a denunciar, es que algunos vean el coronavirus como una oportunidad “de dar el tan esperado salto hacia adelante”, hacia la enseñanza telemática en forma permanente, comenzando, mañosamente, por implementar una educación híbrida, mitad presencial y mitad virtual.

Intelectuales como el filósofo Giorgio Agamben o como Nuccio Ordine, profesor de la Universidad de Calabria y autor del célebre libro La utilidad de lo inútil, han dado la voz de alerta. Este último nos recuerda, en un video donde habla con ese vigor y entusiasmo de los buenos maestros, que la noción de “comunidad” es intrínseca a la universidad, un lugar que tiene por encargo formar a los futuros ciudadanos. “¿Cómo podré leer un texto clásico sin mirar a los ojos a mis estudiantes, sin reconocer en sus ojos los gestos de reprobación o complicidad?”, nos dice Ordine. Y es que, como dice Byung-Chul Han en su libro En el enjambre, “la comunicación digital es pobre en mirada”. “Los habitantes digitales de la red no se congregan. Les falta la intimidad de la congregación, que produciría un nosotros”. En lo que llama “barbarie tecnológica”, Agamben imagina, en ese mundo distópico, a miles de estudiantes encerrados en sus habitaciones, como los hikikomori, esos individuos que duran días sin hablar con nadie, concentrados en sus pantallas, evitando el contacto real con otros.

Thierry Ways, en interesante columna reciente, no descarta que aparezcan “cuasi monopolios”, como Amazon, que ofrezcan programas universitarios de calidad y bajo costo que llevarían a estudiantes de todo el mundo a obtener “un diploma más prestigioso que cualquiera de los que puede recibir localmente, (…) pues, no nos digamos mentiras, el caché de la entidad es uno de los principales factores para escoger un programa universitario”. Algo que nos lleva a las lúcidas palabras de Ordine: “A los jóvenes ya no se les pide que estudien para mejorar, para hacer del conocimiento un instrumento de libertad, de crítica, de compromiso civil. No. A los jóvenes se les pide que estudien para aprender un oficio y ganar dinero”. Y es que hasta la educación puede ser convertida en consumo en la sociedad del rendimiento. Con todo lo que eso implica de pérdida y decadencia.

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