Por: Ricardo Bada

Uno

Repartí en la red el Elogio de mi cuerpo, de Alaide Foppa, la gran poeta guatemalteca desaparecida por la dictadura, y una amiga paisa me acusa recibo así: “Ay, carajo, uno cómo no es capaz de esto tan hermoso”. ¿Uno? ¿Ana es uno?

A otra amiga, manizaleña, le digo que nunca seré capaz de digerir de ella, tan femenina, tan mujer, tan hembra, semejante frase: “Creo que prefiero los tipos casados que son claros  y dicen que se lo quieren comer a uno”. Hasta que me di cuenta de que en realidad me decía “se la quieren fornicar a una”, transcurrió una fracción de segundo, pese a que ya debería estar acostumbrado, y pese a saber qué es “comer” en el lenguaje erótico colombiano. Sólo que escrito por una mujer jamás entenderé ese “uno”, y menos con un complemento directo en “lo”, para más inri.

Es más, hay gente que aunque detesta visceralmente a mi querida Carolina Sanín, en lo del “uno” es “en la única cosa que estoy de acuerdo con esa señorita”. ¡Milagro!

Y a mi pequeña Safo, una amiga lesbiana que tengo ahí, cuando me habla de su compañera que “estamos hechos de distancias” y “dos jamás serán uno”, le he comentado que son frases muy débiles y machistamente neutrales comparadas con lo gloriosas que podrían ser “estamos hechas de distancias” y “dos jamás serán una”. Y le pregunto si no tendrían que ser justo ellas, las lesbianas, quienes diesen la batalla como pioneras por el uso del cabal “una” en lugar del despistante y sexizante “uno”, con el que uno [=yo] nunca sabe a qué atenerse cuando lee los textos de una mujer latinoamericana.

Porque no sólo en Colombia tropiezo con ese “uno” para mí por completo alucinógeno. ¿Se acuerdan de Mafalda diciendo que “Lo malo de uno son los demás”? Y también me pasó con Ángeles Mastretta, la entrañable escritora mexicana. Se lo hice ver a partir de un texto de su blog (que les recomiendo: Puerto Libre, en El País madrileño) y me contestó que posiblemente yo tuviera razón y la lógica estuviese de mi parte, pero que le sería imposible hablar de sí misma llamándose “una”.

Leo en estos días las memorias de una inglesa impar, la nonagenaria Diana Athill (editora de Philip Roth y la Beauvoir), y se me ensancha el corazón con frases como esa donde habla de la paulatina extinción de las relaciones sexuales con su compañero: «Si algo que siempre ha funcionado con toda naturalidad de pronto no funciona, en fin, una tiene primero la esperanza de que al fingir se recupere el buen funcionamiento, cosa que a veces sucedió, y cuando eso deja de suceder, pues una acepta que se ha terminado». Una, eso es. Una.

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