Por: Fernando Araújo Vélez

Uno habla de libros

Uno habla de libros como si conjugara la palabra libertad, y se pierde entre sus páginas como si realmente fuera libre, y uno se cree libre y se cree personaje, y es libre y es personaje o anhela serlo por lo que el escritor dijo y por lo que calló, por lo que sugirió y por lo que el ritmo fue gritando. Uno se cree libre por intuir, por pintar figuras en el aire, por encontrar, por buscar, por creer, por constatar, por crear y refutar, por llorar, reír y hasta amar, o por el simple hecho de pasar las hojas, imaginando que los personajes salen de ahí y se escapan por un pasillo y brincan a la alacena para regresar luego, muy luego. Uno habla de libros porque cree que por hablar de ellos los va a poseer, y que por poseerlos se van a multiplicar sus letras y sus historias, pero las palabras son viento y ninguna alcanza para captar todos los detalles de una simple hoja impresa a 12 puntos en letra Arial.

Uno habla de libros, y oye las interpretaciones de miles de lectores, y concluye que no hay Lectura, sino lectores, y que incluso, cada lectura conlleva a una versión distinta, así sea de la misma persona con el mismo libro. Uno habla de libros, y habla de escritores y recrea los viejos encuentros de los viejos escritores, cuando se hablaba de la vida, del futuro, cuando se hacían manifiestos importantes, esenciales, y las obras eran lo importante, no los premios ni las invitaciones. Uno habla de libros y recuerda tramas y personajes, y quisiera conocer en la vida real a alguien que pueda contestar todas las preguntas, a alguien que se conozca como los viejos escritores hacían que uno conociera a sus personajes. Uno habla de unos cuantos personajes de algunos libros, y por momentos cree que esos personajes son los reales, y que los reales, tú, yo y él, sólo somos mamarrachos de papel.

Uno habla de libros y comprende que no fueron los libros que alabaron los críticos aquellos que nos enamoraron, aquellos que nos llevaron a un segundo y a un tercer libro, y de ahí en adelante a decenas más. Uno habla de libros y confiesa que no debió haber leído más de 80 o 100, pues los demás fueron contaminación, contagio, a veces ruido, y a veces no decir nada. Uno habla de libros, y cae en la tentación de leer sólo para hablar de libros.

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