Por: Mario Méndez

Uránica poética: decires

Algún encanto tiene la desparpajada parla del ciclista Rigoberto Urán. Luego de aquella ocasión en el Tour de Francia en que ante la pregunta de un periodista respondiera: “Yo qué voy a saber, güevón”, el término hace carrera, y quienes lo escuchan en los medios se sintonizan con esa franqueza del corredor antioqueño. Más tarde, a propósito de los maltratos entre parejas, diría que “la mujer no se debe dejar cascar de ningún carechimba”. Para muchos fariseos y puritanos, sería preferible que Urán maquillara su vocabulario y dijera, por ejemplo, que “la mujer no debe admitir que cualquier inflamado en sus dídimos le pegue”. Ese no sería el auténtico Rigo que nos cae bien.

Allí vemos varios fenómenos sociales, como el encuentro de un hombre sencillo con su gente, sin intenciones de aparecer atildado porque no lo es y no le cuadra. Urán no sólo se descacha, si se quiere decir, sino que igualmente suelta términos que escandalizan a los timoratos, aquellos especímenes sociales que detrás de su pretendida limpieza vocal esconden pecados que de verdad ofenden la sensibilidad de un país sumido en la pocilga moral que los mismos han creado desde el poder (seguramente, Rigoberto hablará de “mierdero”).

Otro encuentro que percibimos en esta simpática explosión verbal del escalador de Urrao tiene una trascendencia enorme, ya que toca a la juventud, en la que cada día se afianza más un modo desbraguetado de expresarse, sin que esta costumbre se traduzca necesariamente en conductas reprobables. Hoy, las chicas comparten con sus compañeros generacionales algunas voces “democráticas” que antes caracterizaban sólo a los muchachos, en una especie de ampliación del espectro de comunicación que rompe con la diferenciación entre unos y otras. ¿No es esto, al margen de consideraciones morales o pseudomorales, una forma de igualdad?

En una entrevista radial del jueves 20 de septiembre, Rigoberto Urán, a tiempo que se ratifica en su forma de hablar, explica que el asunto es resultado de su vida familiar y social, y que cuando habla como habla no busca ofender. Por el contrario, el “güevón” lo emplea especialmente para dirigirse a la gente que más quiere, sus compañeros de niñez, de juventud, de vida, y de amores y afectos.

En aquella entrevista, si se cotejan partes dispersas de sus respuestas, descubrimos a un buen ser humano, confiable, transparente, y sin los dobleces y las incoherencias que pueblan la conciencia y la conducta de muchos “bien hablados”, incapaces de un madrazo cuando toca, quizás en un buen ejercicio de catarsis. ¡Que lo digan los psicoanalistas!

Sin querer establecer reglas matemáticas para diferenciar entre desabrochados verbales e impecables de la palabra, y asignar connotaciones positivas o negativas a unos y otros, calificando bien a los primeros y despachándose contra los hipócritas, encontramos como una excepción a esa “regla” el hecho de que un “bien hablado” le haya dicho a su contradictor: “Le rompo la cara, marica”.

Tris más. Las recónditas intenciones del Gobierno también se manifiestan en su afán por reformar la justicia para acomodarla a sus propósitos.

* Sociólogo, Universidad Nacional.

 

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