Por: Julio César Londoño

Urbanidad en tiempos procelosos

LA URBANIDAD DE CARREÑO FUE UN manual clave en mi generación. Allí aprendimos normas de protocolo y civilidad que nos han ayudado a atravesar los salones y los años con decoro. Pero los nuevos tiempos plantean nuevos retos y modifican las reglas de la convivencia. Con estas ideas en mente, me di a la tarea de registrar algunas constantes del comportamiento social contemporáneo. Aquí van las primeras.

Ley de distancia y velocidad. Es de pésima educación caminar a la misma velocidad de un peatón desconocido. Todo depende, claro, del flujo peatonal: en una calle muy congestionada, la contravención de esta norma puede pasar inadvertida, pero en una calle normal es “cabrero” caminar al lado o inmediatamente atrás de otro transeúnte. La distancia física que debemos guardar con los extraños es una de las leyes no escritas de más rigurosa observación, y sólo puede violarse en los casos de fuerza mayor que contempla la Ley de Fricción.

Ley de Fricción. Los contactos físicos con extraños están prohibidos en todas las culturas. El cuerpo de un extraño es tabú. Usted puede rozarlo en los buses y en los ascensores siempre y cuando ninguno de los dos se mueva mucho. El que lo hace corre el riesgo de ser calificado como frotteur (vocablo francés derivado del latín frotis), es decir, un despreciable rastrillador.

Entre amigos hombres los contactos físicos deben ser muy espaciados y excluir las nalgas, la entrepierna y la cara (el resto de la cabeza no es tabú). Durante las fiestas y las celebraciones esta regla se relaja un poco. Entre amigas hay menos restricciones y casi cualquier tipo de caricia es considerada normal. Entre un hombre y una mujer que apenas se están conociendo, los contactos están fuera de lugar y, si los hubiere, tendrán que ser muy sutiles, como en esos primeros metros del romance, cuando los brazos ya se rozan aunque las manos aún no se atrevan. Entre personas de diferente rango, el que puede tocar es el superior. El jefe, por ejemplo, puede ponerle una mano en el hombro al subalterno. Lo contrario es incorrecto: nunca se le ocurra, ni en las fiestas, pampear al Papa.

Leyes de la óptica. A pesar del desenfado de estos tiempos, sigue considerándose de muy mal gusto mirarle fijamente las tetas a la interlocutora. Incluso las miradas fugaces son de mal tono. Si no puede contenerse, hágalo sólo una vez y atenúe la guachada con algún comentario galante sobre el vestido o el camafeo. Aunque menos agresiva, la mirada constante a los labios también es de mal gusto y delata a los hombres intensos y babosos.

Ley de los gases. En caso de un pedo, la etiqueta proscribe cualquier manifestación de repudio. Aunque sabemos que los flatos están compuestos de partículas en suspensión, es decir, de materia contante y sonante, no debemos taparnos la nariz ni proferir interjecciones de asco. Hay que hacer de tripas corazón –máximo un respingo, algo que deje en claro que no somos los autores del asunto– y seguir como si nada. Si el flato es suyo, igual: un flemático respingo y ya. No sobreactúe. Recuerde que las narices son chicas despistadas que nunca saben de dónde vienen los olores.

Ley del cuarto cerrado. En las fiestas siempre hay un sujeto que consume sustancias raras. Para no incomodar a sus invitados, propóngale que utilice la biblioteca o el baño de arriba. Ley del fair play. En las reuniones swinger se considera un acto de deslealtad llevar una puta, presentarla como nuestra señora e intercambiarla con una señora de verdad. ¡Juego limpio, señores!

 

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