Por: María Eugenia Martínez

¿Uribe en el Smithsonian?

SOBRE LA INVESTIGACIÓN QUE SOPORTA la puesta en escena de Colombia en el festival Folklife de la Smithsonian Institution, que se realizará en la ciudad de Washington el 30 de junio, expresé, en su momento, un reparo acerca de la deficiente aproximación a las formas construidas como parte de las tradiciones culturales del país. Nuevas lecturas adicionan ahora otras inquietudes.

La propuesta del Ministerio de Cultura echa mano del concepto de ecosistemas culturales, que relaciona diversidad cultural y diversidad biológica y ecológica en un mismo análisis para entender cómo se produce la cultura en el territorio. Aunque esta perspectiva es acertada en el caso de culturas ancestrales, deja por fuera culturas juveniles citadinas que, según Martín Barbero, son más visuales que territoriales. Pareciera que la ausencia de una reflexión serena sobre las ciudades colombianas de hoy , caracterizadas por la fragmentación, el collage, la desterritorialización, la ambigüedad, condujo a decisiones ligeras.

Prácticas como la venta de minutos de celular, el reciclaje y la construcción de “planchas”  representarán las culturas populares urbanas. Pensar en el espacio público tal vez hubiera sido más significativo, en términos culturales y patrimoniales, que el crecimiento vertical en los barrios populares. Éste se viene transformando en su espacialidad y sus usos sociales y políticos tradicionales, entre otras, por el control social o la privatización, razones todas de peso para abordar el tema.

Aunque no tendría por qué suceder, en las entrevistas y documentos divulgados, no aparecen los conflictos sociopolíticos que, al lado de la diversidad, son también parte nuestra. La violencia, el desplazamiento forzado, amén de algunos procesos globalizantes, afectan la cultura en Colombia. La explotación minera perturba nuestra biodiversidad. Resulta, por decir lo menos, estereotipada esta estampa aséptica que se quiere presentar en el exterior. Y poco creíble aun para el turista gringo veraniego, de shorts y chancletas.

El director del proyecto señala que “mostramos una visión que escapa a la mirada de las muestras artesanales, donde la manifestación está aislada de su contexto”. Una de las características principales de la exposición museográfica es que aísla el objeto de su propio entorno. Y esto no tiene remedio. Aunque se transportara un pedazo de selva amazónica o su representación fuera tan viva que así lo creyéramos, nuestro fragmento y quienes allí se alojaran temporalmente estarían inexorablemente descontextualizados en el National Mall de Washington.

En esta lucida exposición —con vaca, mula y jeep incluidos— sólo falta Uribe con sus delfines repartiendo artesanales ponchos y manillas tricolores. Presentar elementos para su debate no dista del suicidio, porque nuestros medios nacionales la ensalzarán hasta la gloria. Sin embargo, la muestra le cuesta al país cerca de 5.000 millones de pesos. Me pregunto si se justifica una inversión de tal magnitud en un evento efímero, fuera de Colombia, en un momento cuando al territorio nacional literalmente lo derrite el agua.

 

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