Por: Lisandro Duque Naranjo

Uribe en la lona

EL DEBATE RADIAL QUE SOSTUVIEron esta semana por la "W" los expresidentes Ernesto Samper y Álvaro Uribe le estaba haciendo falta al país.

A mi juicio, fue crucial. Porque al ser la primera vez que AUV tenía al frente a un contendor de su mismo escalafón laboral —ambos ganan igual por haber ejercido en una encarnación anterior el mismo empleo—, estaba obligado a no echarle encima su caballo como acostumbraba hacerlo con interlocutores que le discrepaban. El señor Uribe, en efecto, es el único, y confiemos que el último, presidente de este milenio merecedor de una estatua ecuestre que lo muestre tomándose un tinto de bronce o rejoneando, o trepando su bestia a un andén para sacarle chispas con las herraduras y ensuciarles la ropa a los de a pie con las espumas que al cabecear expulsan esos briosos animales. Yo amo a la especie equina, pero me inquieta verla como símbolo de un gobierno, sobre todo en estos tiempos en que las cabalgatas se han convertido en una forma de ostentación de la cultura traqueta y tetona en todas las fiestas del país. El caballo no se merece esa degradación que ha hecho de su noble estampa un ícono similar al que los automóviles Mustang fueron para los esmeralderos durante su guerra en los años sesenta.

Sin embargo, y como vaca vieja no olvida el portillo, en su debate con Samper, AUV tuvo momentos en que pareció llevar zamarros y zurriago. Y le habló golpeado, como si por haber repetido presidencia lo doblara en investidura y, además, con un tonito de estado de opinión bastante rancio a estas alturas. Vi mal al hombre, con su casete de siempre que le suena rayado. Me imagino a su menguada clientela, a sus buenos muchachos, a sus lamentables escuderos, haciéndole fuerza a su prócer para que levantara cabeza frente a la tunda tranquila que le propinaba Samper.

Éste, en temas como el del conflicto armado o reparación a las víctimas, o falsos positivos, o intercambio humanitario —que durante el octenio de pesadilla fueron tabú—, sustentó argumentos versados, desde ángulos imaginativos, que de llegarse a convertir en política del actual gobierno —así fuera en parte apenas— cuartearían la minuciosa construcción medieval que el doble gobierno anterior le dejó de herencia al país, refundando una república del silencio, el glifosato, las manos cortadas, los bombardeos a naciones vecinas, las familias latifundistas en acción, la hegemonía de los ganaderos y los palmicultores, la conversión del presupuesto para la salud, las carreteras y la agricultura en una piñata para jovencitos de dedo parado, la cohesión del hogar Uribe Moreno en torno a las zonas francas y las empresas de reciclaje, el desplazamiento de indefensos del campo hacia los semáforos de las grandes ciudades, el fisgoneo telefónico y cuanta aberración es inmanente a un régimen de fuerza.

El mano a mano entre los dos expresidentes, entonces, le permitió a Samper, tal vez sin habérselo imaginado, declarar la caducidad de ese discurso en el que el señor AUV se atrincheró durante sus dos mandatos, lo que degeneró la moral ciudadana y les hizo aceptar a los colombianos como normal, y hasta meritorio, todo lo que botara sangre. En síntesis, la guerra como un gran programa.

El efecto de esa polémica fue contundente en las filas de los adeptos al señor Uribe. Fernando Londoño Hoyos, en su “Hora de la verdad”, reconoció que aquí sí había conflicto armado interno, incluso recordó que en sus tiempos de ministro había utilizado la expresión en un decreto y afirmó con pesar que en esa parte de la polémica el expresidente Uribe se había descachado. Algo es algo. Santos, quien fue de los principales de esa patota, ya ni bolas le para. Y en cuanto a gregarios como Juan Lozano, Roy Barreras, Benedetti y toda la dirección conservadora, es muy poco ya lo que les falta para dejar íngrimo a su guía. Cuestión de un empujoncito.

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