Por: Cecilia Orozco Tascón

Uribe, ¿un pirómano?

UN AMBIENTE CRISPADO SE NOTA en los sectores políticos, militares y policiales del país aunque uno de los dos protagonistas de la tensión haga de cuenta que no sucede nada para no alborotar más la ira del otro, el promotor del desorden.

Han pasado solo unos meses, aunque parecen siglos, desde cuando el presidente Santos les pidió a los periodistas que no le “inventaran” peleas con Álvaro Uribe. El distanciamiento —agresivo y primario por parte de Uribe y calibrado por el lado de Santos— es tan evidente que si el jefe de Estado repitiera esa frase hoy, sonaría como un disparate. Lo cierto es que las discordias entre los miembros del antiguo uribismo brotan como yerba mala, en cualquier lugar y por muchos motivos: Chávez, el nuevo amigo; Correa, el segundo nuevo amigo; oxígeno para el liberalismo; Vargas Lleras en el Ministerio del Interior; ley de reparación para las víctimas y de restitución de tierras para los ‘migrantes’ de ayer; escándalos de corrupción y clientelismo que se le destapan a la administración anterior; avance en los juicios a los funcionarios del entorno expresidencial.

Quién lo creyera, hasta la permanencia de Rodrigo Rivera en el Ministerio de Defensa es manifestación del pulso que se está dando por el rumbo liberal que quiere darle a su cuatrienio el mandatario actual, en contravía del que le tenía asignado su antiguo jefe en materia de aniquilamiento de los enemigos legales o ilegales, imaginarios o reales. La batalla, pues, está planteada y no demora en estallar en el campo electoral, el escenario inevitable en que se disputará, ojalá no a sangre y fuego, la primacía del poder municipal y regional donde todavía reina el destronado. Es en el contexto de la disputa por el control político y territorial en donde adquiere sentido la alusión a la “mano negra” de la que habla Santos, refiriéndose a un sector no tan difícil de identificar en cuanto que es el sucesor de los grupos del establecimiento que históricamente han impedido no ya las grandes reformas, sino apenas un alivio a la desigualdad social.

Santos ha sabido aprovechar algunos puntos repudiables del exmandatario para marcar diferencias con él, así fuera a destiempo, mientras le declara amor eterno. El presidente ha ganado en todas las áreas en disputa excepto en una: la de seguridad. Uribe anda atizando la hoguera en ese eje, usando el coco del terrorismo en los sectores guerreristas que tan cercanos son a él. Los infiltrados en los medios que él instaló allí hace dos, cuatro o seis años con el objeto de ocultar y manipular las cifras para aumentar la dimensión de sus éxitos, ahora vuelven a tergiversarlas pero maximizando sus defectos para demostrar “matemáticamente”, como dijo uno por ahí, el fracaso del santismo.

Este episodio no pasaría de ser otra rencilla de la política tradicional si no fuera porque con su extremismo twittero y sus encendidas expresiones en reuniones privadas contra Santos y su “traición”, Uribe alienta a los encapuchados de la ultraderecha, los de la mentada ‘mano negra’. Se sabe que ésta —camuflada de legalidad institucional— dispara siempre bajo la premisa de que hay muertos bien muertos y vivos que merecen pasar su residencia al cementerio. Jugando con candela a dividir los estamentos armados del Estado y dándoles impulso artificial a sus orates vestidos de civil, Álvaro Uribe podría terminar pasando a la historia como el pirómano que desató el primer fuego del siglo XXI desde el interior de la casa, después de que él no pudo, a pesar de que lo prometió una y mil veces, vencer a los que atacaban desde afuera. Pregunto: ¿el bombero se quedará simplemente mirando como suben las llamas?

 

 

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