Uribe, un preso muy libre

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No termino de entender la retención domiciliaria de Álvaro Uribe por considerarlo un peligro para la sociedad y porque puede interferir en el proceso judicial que la Corte lleva en su contra.

Estoy seguro de que Uribe sí es un enorme peligro, pero desde hace un par de décadas, así como es una amenaza para la institucionalidad y para el Estado mismo, al que se ha propuesto reducir a su tamaño (pequeño por demás) y en últimas arrodillarlo para preservar su propia impunidad y predominio. Y es un enorme peligro social porque él y los suyos hicieron emerger lo peor de todos nosotros como colectivo. Hablo del “sea varón”, tan ligado con el “todo vale”; el “plomo es lo que hay, plomo es lo que viene”; los “articulitos” que se cambian a voluntad, y las “jugaditas”; el “Noguera es un buen muchacho”; el “si los dieron de baja no sería por estar recogiendo café”, para justificar ejecuciones extrajudiciales; el “que no sea un falso positivo”, para restarle gravedad a la violación de una niña indígena por unos soldados; el “Santos va a hacer fraude en el plebiscito” (que ganó el No); el “estudien, vagos”; el “Cepeda es un senador de Farc”, etc., etc.

Hacer emerger lo peor de nosotros no es perverso en sí mismo porque podría habernos puesto enfrente al espejo y obligar a mirarnos, un doloroso pero válido ejercicio; el problema es que, al mismo tiempo, él hizo todo lo posible para empañar ese espejo, para enturbiar cualquier debate, trastocar términos, confundir lo falso y lo cierto, a menudo con infundios que insultaban la inteligencia. Para la conciencia colectiva, en el mediano plazo, veo brutal e irreparable ese mensaje, por sexista, por violento, por amoral, de que lo único irreductible en un gobernante es que tenga pantalones, y que eso lo haga inimputable y le excusa todo lo demás.

Pero, sobre todo, no termino de entender la detención preventiva del expresidente para que no interfiriera en el proceso contra él. En mi desconocimiento de la técnica jurídica y del espíritu que la sustenta, el sentido común me sugiere que la intención es justamente evitar intromisiones, manipulaciones, presiones indebidas, o sea exactamente lo contrario a lo que ha hecho el expresidente, por voz propia o por terceros, en estos 15 días. Lo sensato entonces hubiera sido enviarlo a la cárcel sin teléfonos, ni Twitter y con las visitas reglamentarias no más. O dejarlo libre.

El gesto de la detención domiciliaria se quedó en un mero simbolismo de que nadie está por encima de la ley y de que una Corte Suprema que le resistió al narcotráfico y pagó el precio más alto no se va a dejar arrinconar, a pesar de las presiones. Pero ¿resistirá la Corte esta caldera a punto de explotar que en apenas 15 días ha significado toda una guerra contra ella desde El Ubérrimo y la Casa de Nariño?

Hay que dejar para la historia que el propio presidente en ejercicio se convirtió en parte del proceso, le dedicó dos alocuciones oficiales y sentenció de manera anticipada la inocencia de su jefe en varias entrevistas. En solo una semana, desplegó una diplomacia de inusitada eficiencia a tal que punto que el vicepresidente de Estados Unidos, en visita a Colombia para hablar de drogas, pidió la libertad de Uribe y lo calificó de héroe, luego de la reunión protocolaria con Duque.

Tres días antes esa misma ofensiva diplomática consiguió que 21 exjefes de Estado de España y América también se involucraran en el proceso de modo temerario y sospechoso al argumentar, en idéntica redacción a la de la ultraderecha colombiana, que aquí se judicializó una controversia política y que mientras las Farc están libres y aplaudiendo, el hombre que las contuvo está preso. Grave que una mentalidad de estadista califique una actuación judicial por quiénes la aplauden y quiénes la resienten, y no por las garantías y rigores de un proceso.

Desde sus 1.500 hectáreas de cárcel, Uribe, con teléfono y Twitter, se fortaleció con la medida de aseguramiento hasta desplegar una violenta artillería contra la Corte Suprema en un espectro muy amplio de puestas en escena, desde apelar a la conmiseración de sus “compatriotas” hasta un nuevo intento por “emberracarlos”. Así, cuelga una foto de su cara en palidez extrema, con un gesto como el de un nazareno, y cuenta que fue reseñado como preso, pero otro día llama a entrevista a dos de sus periodistas alfiles para hablar dos horas y media en vivo y en directo.

Haciéndole el quite al contrasentido de que un político decida quién lo quiere entrevistar y de paso reconfirme lo que todos sabíamos, que estas dos periodistas cada vez ocultan menos sus carnets del Centro Democrático, la entrevista completa es un libreto dispuesto para absolverlo y para que él bombardee una vez más a la Corte y envenene el proceso, justo lo que quería evitar la medida de aseguramiento.

La escuché completa y apunté varias cosas: “Las Farc se tomaron sectores muy importantes de la justicia” (minuto 3:48); “hay complicidad entre los magistrados y Cepeda” (4:15); “compraron testigos… los compró Cepeda” (6:45); “me hicieron 22.000 interceptaciones ilegales” (22:30); “en la Corte yo no tengo garantías” (46:30); “es un proceso mafioso, ¿cómo cambiaron del 3-2 al 5-0?” (1’11:40). Esto último es una respuesta a María Isabel Rueda quien le hace una pregunta con veneno, más para dejar dudas en el aire que para lograr una respuesta real, pues Uribe no podía tenerla: “Hay una cosa muy rara ―dice ella― y es que días antes del fallo se sabía que eso estaba muy peleado adentro de la sala…, se hablaba de un 2-2-1, de un 3-1, y finalmente hubo unanimidad. ¿No sé usted cómo se explica esa unanimidad?”.

En dos horas y media, Uribe asegura en tres ocasiones que está secuestrado y repite 17 veces que Cepeda es el senador de las Farc; además pone a los magistrados como unos mequetrefes, obedientes y sometidos a la voluntad de Cepeda, y todo sin que se le confronte o se le pida explicarlo ni una sola vez.

En fin, si enviar a una cárcel de 1.500 hectáreas es un sinsentido, lo es más aún enviarlo con todos los pertrechos para que presione, torpedee, erosione legitimidades, siembre cizañas con ayuda de unos personajes de bolsillo, incluido un presidente. Es el único preso en el mundo que tiene esas prerrogativas; es el único reo en el mundo que a voz en cuello proclama y exige una reforma a la justicia.

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