Por: María Elvira Samper

Uribe y la viudez del poder

PASO A PASO, EN FORMA CALCULADA y fría, suave pero con firmeza, el presidente Santos ha ido desmarcándose de Uribe en la forma y en los contenidos, pero manteniendo el equilibrio inestable de la Unidad Nacional en la que cohabitan la U y el Partido Conservador en el ala derecha, y el Partido Liberal y Cambio Radical en el centro.

Una coalición que no gira sobre el eje de la llamada doctrina uribista, sino en torno a una agenda de corte liberal que ha dejado fuera de base al expresidente.

Primero fue el cambio de estilo y de tono, y el nombramiento en el gabinete de Germán Vargas y Juan Camilo Restrepo, dos fuertes contradictores de Uribe; luego el viraje en política exterior, sobre todo con respecto a Venezuela y Ecuador, la recomposición de las maltrechas relaciones con la Corte Suprema, el reconocimiento de la oposición como contradictor legítimo y no como enemigo, y una agenda legislativa reformista con prioridades como las leyes de tierras y de víctimas. Así, a medida que Santos avanza en contravía de algunas políticas de Uribe, éste sube el tono de sus trinos y arrecia las críticas, unas veces de frente y otras por intermedio de sus áulicos con influencia y columnas en algunos medios.

No ha entendido que su cuarto de hora —su hora y media— ya pasó. No se resigna a su suerte: la lenta pero segura pérdida de influencia y poder. La más reciente prueba de esta viudez la tuvo la semana pasada cuando fue derrotada su tesis de la amenaza terrorista y el presidente, sin estridencias, logró el apoyo incondicional de la bancada uribista a la Ley de Víctimas, que reconoce la existencia del conflicto armado interno. Fue una derrota por partida doble: frente al presidente y dentro de su propio partido. Una derrota cantada por dos razones fundamentales: primera, porque el poder real, el de los puestos, cuotas y prebendas, ya no está en sus manos y porque en un sistema de partidos débiles, frágiles convicciones y lealtades políticas volátiles, el único y verdadero partido es el de gobierno. Segunda, porque los hechos son tozudos —el lenguaje no cambia la realidad— y resucitar el debate carecía de sentido.

Llevamos décadas de enfrentamiento interno y porque hay conflicto los presidentes han tenido comisionados de Paz y facultades para negociar con grupos armados ilegales (Uribe autorizó conversaciones con el Eln y negoció con las Auc, y dijo que habría diálogo si las Farc cumplían ciertas condiciones, las mismas que exige Santos). Porque hay conflicto los gobiernos han tenido programas de rehabilitación y reinserción, y de atención a las víctimas y a los desplazados; el Congreso ha aprobado leyes de amnistías e indultos y de justicia transicional, y Colombia firmó y ratificó los Convenios de Ginebra y sus protocolos adicionales, piedra angular del Derecho Internacional Humanitario. Porque hay conflicto uno de los objetivos de la política de seguridad democrática fue la recuperación del control del territorio donde el Estado lo había perdido o no lo había tenido.

Este último pulso que pierde Uribe es un indicador más de su pérdida de poder: el grueso de su partido y del Partido Conservador, el partido rémora y su gran aliado de ayer, lo dejaron solo. Por otra parte, sus “talleres democráticos” pierden audiencia y sus planes para imponer candidatos a alcaldías y gobernaciones no parecen estar cuajando (las dinámicas políticas regionales son muy particulares y diferentes a la nacional). Aparte del estropicio que causó en el Partido Verde con su apoyo a Peñalosa, ni siquiera ha logrado imponer sus fichas en Antioquia, su departamento, su principal coto de caza electoral. Las elecciones regionales serán la prueba ácida. Mi vaticinio es que no la pasa.

 

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