Por: Daniel García-Peña

Uribismo rearmado

El anuncio de volver a las armas por parte de Iván Márquez, Santrich, el Paisa, Romaña y otros cuantos de las Farc constituye sin duda un duro golpe, no solo al proceso de paz, ya de por sí bastante debilitado, sino sobre todo al país.

Aunque es importante siempre recordar que se trata de un grupo numéricamente reducido y que la inmensa mayoría de la dirigencia y excombatientes de las Farc siguen comprometidos con la paz, es innegable que el mensaje tiene profundas consecuencias políticas y militares, a nivel nacional e internacional.

Es cierto que el Estado ha incumplido los acuerdos, tanto el gobierno de Santos como el de Duque, y que a los líderes sociales y los excombatientes los siguen matando. Pero como bien lo dijo Timochenko, la forma de enfrentar esta difícil realidad no es retornando a la guerra que queremos terminar, agotada como mecanismo de lucha, ni volviendo trizas los acuerdos logrados. Por el

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

contario, es insistiendo por las vías democráticas en su plena implementación.

Retomar las armas tiene graves efectos en materia de seguridad en muchos territorios del país, afectando de manera preponderante a las comunidades más vulnerables. Mientras tanto, las propuestas que los rearmados han presentado también hacen mucho daño en el terreno político. Han dicho que su propósito es abrir un nuevo ciclo de negociaciones sobre la base de una constituyente, lo cual es absolutamente inviable. Por un lado, pensar que es posible negociar con este gobierno un acuerdo “mejor” que el que los propios Márquez y Santrich ayudaron a pactar con el gobierno anterior es un delirio total. Insistir en diálogos irreales solo sirve para deslegitimar aún más la salida negociada. Por otra parte, una constituyente les suena mucho más a los joseobdulios como camino para deshacer los acuerdos y reestablecer la reelección, que a los sectores democráticos que anhelamos la paz con justicia social.

Pero, en definitiva, por mucho que los rearmados intenten invocar una justificación política y/o revolucionaria, lo cierto es que, para el grueso de la opinión pública, sus acciones son prueba reina de que realmente se trata de narcotraficantes huyendo de la justicia. Yo fui uno de quienes denunciamos, en esta misma columna, la vil trampa que le fabricaron a Santrich. Sin embargo, con la decisión de irse al monte, él, en la práctica, le da la razón a Néstor Humberto Martínez y valida todo lo dicho por el sobrino de Iván Márquez, informante de la DEA, anulando cualquier posibilidad de develar el montaje en su contra y dejando a quienes nos atrevimos a defenderlo colgados de la brocha.

No estamos en los tiempos de Marquetalia. Hoy en Colombia escasea el apoyo a la lucha armada. Pero en cambio sí hay amplio combustible para continuar y reintensificar la violencia. La crisis de Venezuela y su cada vez más estrecha relación, real o imaginaria, con nuestro conflicto agrega un ingrediente aún más explosivo.

Pese a que para el gobierno la situación presenta desafíos en materia de seguridad, igualmente le brinda beneficios. Para Duque, el daño que quiso hacerle al proceso con sus frustradas objeciones a la JEP curiosamente se lo terminó infligiendo su tocayo Márquez, que además le da una perfecta disculpa para reencauchar el viejo discurso guerrerista que le aprendió a su jefe. Para el propio Uribe, en vísperas de comparecer ante la Corte y con los niveles de desfavorabilidad más altos de toda la historia, la noticia le dio oxígeno y no pudo contener su satisfacción.

Por ello, gracias a Márquez et al., el verdadero rearmado es el uribismo.

[email protected]

* Profesor de la Universidad Nacional de Colombia y director de Planeta Paz.

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2019-09-03T00:00:48-05:00

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2019-09-03T10:38:28-05:00

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Uribismo rearmado

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