Por: Alvaro Forero Tascón

Uribista y antiuribista

ANTES DE LA CAÍDA DEL REFERENDO reeleccionista, la estrategia electoral más inteligente fue no ser uribista ni antiuribista, porque ello permitía no despertar la furia de los sectores uribistas, y captar los sectores independientes.

Eso le permitió a Sergio Fajardo treparse a los primeros lugares de las encuestas, mientras los demás aspirantes estaban frenados, o por la expectativa de candidatura de Uribe o por oponerse a ella.

Por eso, a pesar de que el Presidente había logrado con el referendo definir la campaña en términos de continuidad o catástrofe, ninguno de los candidatos uribistas conseguía dominar las encuestas. Se requirió que las maquinarias uribistas hicieran el trabajo. Sólo después de las elecciones legislativas se deshizo el virtual empate en las encuestas entre las fuerzas uribistas y las no uribistas, con los candidatos de los partidos de la U y Conservador alcanzando más del 50%.

Sin embargo, aún con el uribismo dominando claramente las encuestas de opinión, el Presidente no está más cerca de imponer un sucesor. Porque el personalismo del proyecto político uribista encierra tanto su fortaleza como su debilidad. En su afán desmesurado por tener control absoluto de la política colombiana, Uribe dividió sus huestes. Primero, no construyendo un partido político mayoritario, que es el mecanismo tradicional para asegurar la sucesión. Y segundo graduando unilateralmente como supuestos enemigos a personas que compartían sus tesis y le eran leales, pero que se atrevieron a actuar con independencia.

Con el uribismo dividido, hoy la estrategia electoral más efectiva no es ni uribista ni antiuribista, sino la contraria, que parece semánticamente absurda pero hace mucho sentido político: uribista y antiuribista. Porque no es posible ganar la Presidencia sin votos uribistas, pero es imposible hacerlo sólo con ellos. Lo que significa que quien llegue a la segunda vuelta y pueda recoger los votos antiuribistas tiene más posibilidades de ganar, que quien pretenda monopolizar los votos uribistas. Es decir, que la estrategia polarizante del presidente Uribe se puede derrotar con una incluyente. Que el candidato que logre proyectar una voluntad sincera de continuidad y cambio, tiene mejores posibilidades que quien se limite a ofrecer continuidad. Que el nombre del juego es cambio con seguridad, no sólo seguridad democrática. Porque las encuestas demuestran que debajo de los altos índices de favorabilidad del Presidente hay un volcán en ebullición: el del desempleo, la inseguridad en las ciudades, la corrupción política.

¿Pero es posible ser ambas cosas a la vez? Quizá no en primera vuelta pero sí en segunda, que es lo que no ha querido entender el ultrauribismo, que se niega a aceptar que por más amplias que sean sus mayorías, y por más aseguradas que estén por la maquinaria parlamentaria, son insuficientes por cuenta de la división uribista. Porque si logran sonsacarle a Noemí Sanín la mitad del Partido Conservador, aún no les alcanzará para ganar, y con ello propiciarán el ascenso de Germán Vargas, que no sólo captaría apoyos de oposición, sino también conservadores y uribistas. Porque es uribista y antiuribista, no por conveniencia sino por persecución.

 

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