Por: Arturo Guerrero

Uribistas y mamertos: pacto de Semana Santa

Colombia se divide en dos: uribistas y mamertos. Los uribistas son paracos, atravesados, amantes de la guerra. Los mamertos son castrochavistas, terroristas, enmermelados.

Cualquier extranjero que lea este párrafo de entrada quedará viendo un chispero. Está plagado de neologismos exclusivos de la jerga política nacional de los recientes años. En las calles del país, sin embargo, son vocablos que truenan como piedras rodantes. Son nuestras rolling stones.

Por desgracia, la manera de nombrar aquí la realidad es tan burda y simplista como la realidad misma. Perfila y consolida la polarización entre ciudadanos. Corta por la mitad con cuchillo el queso de este país acuchillado.

¿De dónde viene esta manía segregacionista? De las guerras civiles del XIX. Nacimos como nación en medio de perdigones y machetes. Unos rojos, otros azules, cualquier color habría servido para lo mismo. Suficientes letras han corrido ya sobre estas carnicerías fundadoras.

Venganza sobre venganza, memoria sobre memoria, cada colombiano ha nacido desde entonces con un rencor entre cejas. Los sociólogos analizan las injusticias en repartición de riquezas. Los partidos echan fuego a la candela. Los curas echan bendiciones extraídas de tiempos de inquisición.

El hecho es que hoy continuamos recogiendo las cosechas de aquellas barbaridades. Amanecemos con un sabor plomizo en la lengua cuarteada, almorzamos acideces, vamos a la duermevela sin resolver el sentido de la vida. No paramos de guerrear.

Hasta hace poco la culebra se llamaba Farc. Se desarmó, se arrinconó calladita en campamentos de cemento, sacó cédula de ciudadanía. Nada de eso ha valido. A sus miembros los siguen llamando terroristas. ¡Ay de que consigan votos, porque volverían a este país otra Venezuela!

La próxima rebatiña electoral de 2018 está desde ya al rojo encendido. Las decenas y decenas de candidatos a presidente se reducen, ¡cómo no!, a dos bandos sin reconciliación. En épocas de los abuelos muertos se llamaban liberales y conservadores, hoy son más tristes sus denominaciones: mamertos y uribistas.

Por paradoja, las gentes de la calle están hastiadas de la peleadera. Antes se dejaban acalorar por predicadores y demagogos. En estos tiempos andan atareados estirando el sueldito para cumplir a la brava con la reforma tributaria que servirá para tapar los huecos que deja la corrupción.

Atención: hoy llega la Semana Santa, nueve días benditos en que la mayoría no trabaja. Esa misma mayoría no podrá salir a dorarse en piscinas donde cada gota de agua se cobra con IVA incluido. Pero tendrá una pausa, aspirará inciensos, dormitará hasta tarde, detendrá la máquina productiva. 

Este lapso será, puede ser, ocasión de tregua en la guerra mental que, como avispero alborotado, no deja vivir. Qué tal proponer el desarme bilateral de la adrenalina. Qué tal si uribistas y mamertos se miran entre sí, se invitan a una cerveza en pleno ayuno, y se medio entonan hasta preguntarse abrazados “¿somos amigos?”

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Uribistas y mamertos: pacto de Semana Santa

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