Por: Alberto Donadio

Urrutia Valenzuela

Presentó hace unas semanas cartas credenciales ante Barack Obama el nuevo embajador de Colombia, Carlos Urrutia Valenzuela.

Después de tanta Fritanga, es un alivio volver a ver en las noticias a alguien con rancios apellidos santafereños. El público no lo conoce, pero Urrutia Valenzuela, amigo personal del presidente y egresado de la Universidad de los Andes, es uno de los principales abogados del país. Y el más exitoso en cuanto al numerario, pues llevó a Brigard & Urrutia, la firma que dirigía y donde trabajó 35 años, a ser la primera en la clasificación de facturación de todos los bufetes nacionales, más de 43 mil millones de pesos en el 2011. No es un diplomático pero goza de buena fama en el foro, como jurista discreto, serio y competente. Aventaja pues a un antecesor suyo no inmediato, que empezó de gerente de un noticiero de televisión en Bogotá, llegó a embajador en Washington, fue cachas de Bill Clinton, logró que su hija Chelsea Clinton tomara clases de vallenato y ahora es el presidente del BID. El actual embajador no tiene hambres atrasadas. Ni posiciones por escalar, ni imagen por inflar. No es un lagarto ni un intrigante. No necesita el puesto. Ni se le ocurrirá presentarse en la Casa Blanca con un profesor de bambuco para que Sasha y Malia, las niñas de Obama, conozcan nuestro folclor andino.

Hace tres lustros Urrutia Valenzuela intervino en un caso de corrupción. De parte de los buenos. Como abogado de General Electric pidió una investigación a la Procuraduría y demandó ante los tribunales para que no quedara en la impunidad la licitación amañada que adjudicó las obras de Termobarranquilla, que costaron 500 millones de dólares, a ABB y a su socio local, Distral. Me consta que fue de parte de los buenos pues conocí el caso y hace 17 años escribí en este periódico de los Cano que existía la percepción de que Termobarranquilla era otro Guavio, pero con más de un Puyo, y pedí que se investigara "si hubo o no pagos, comisiones, porcentajes, coimas, serruchos, diezporcientos, quinceporcientos, mejor dicho, sobornos". El presidente de Distral, Algis Didziulis Antanaitis, se vino lanza en ristre en una carta a don Luis Gabriel Cano Isaza: "Las afirmaciones, suposiciones, especulaciones y francas calumnias que presentó el periodista Alberto Donadio en el artículo 'Termobarranquilla: ¿Un segundo Guavio?' (El Espectador, domingo 5 de febrero de 1995, página 10-A), constituyen una burla a la opinión pública; un irrespeto a los más altos dignatarios de la República, y un golpe bajo al esfuerzo empresarial de Distral S.A., única industria colombiana que presentó y ganó legítimamente, en consorcio, la licitación.

El señalamiento solapado que hace el periodista Donadio de la existencia de sobornos, es igualmente engañoso y atenta contra la dignidad y el buen nombre de Distral". Pasó el tiempo y ABB confesó en Estados Unidos a la Comisión de Valores (la SEC) que había pagado sobornos en varios países. Y precisó que junto con su co-licitante Distral llegó a acuerdos secretos para compartir la millonada del contrato, sin informar a Termobarranquilla o a Corelca y manteniéndolos ocultos ante el Export Import Bank y la OPIC, las agencias del gobierno americano que financiaron el proyecto, las cuales según el contrato del préstamo debían ser informadas. Es decir ABB y Distral hicieron trampa en el examen, presentaron una oferta artificialmente baja para ganarse la licitación con engaño. Que hubo soborno quedó además comprobado en el 2002 cuando ABB le giró al Ministerio de Hacienda un cheque por 25 millones 640 mil dólares, a título de indemnización. Pero la fiscalía nunca llamó a rendir cuentas a los beneficiarios de la coima, que dicen que ascendió a 35 millones de dólares. Esos beneficiarios saben que les consignaron en un banco cuyo nombre empieza por Credit. No digo más porque la segunda parte identifica también el país donde se consumó el calumnioso soborno.

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