Por: Iván Mejía Álvarez

Uruguay no llora

Los uruguayos prefieren un buen quite de pelota, un rechazo, un cierre o una trabada que un taquito, una pared o una filigrana.

Si se habla de genética del juego, de ese ADN particular de cada país, el fútbol uruguayo es leal a sí mismo y se agradece y se bendice por ser diferente a sus vecinos continentales.
 
Por eso mismo, porque sus jugadores pusieron esa altísima cuota de testosterona, porque terminaron metiendo a los argentinos contra los palos, porque borraron durante gran parte del encuentro a Messi y compañía con sus armas, con sus argumentos defensivos, la celeste salió tranquila del cuquito estadio de La Serena a pesar de perder con el gol de Agüero. Todavía confían en que pueden calificar frente a Paraguay en un juego en el que empatando tendrían tiquete a la siguiente ronda.
 
Si alguien entiende la cadena genética del centenario fútbol uruguayo es el Maestro Tabárez, el veterano técnico a quien los charrúas han entregado el mando durante 12 años y tres mundiales. Tabárez viene haciendo la renovación lentamente, en forma inteligente. Ido Lugano, llegó Gimenez. Ausente Forlán aparece Rolán, Lodeiro toma el turno de Pérez, y así línea por línea van mechando los nuevos nombres que hacen el relevo, pero siempre con seis mayores que llevan la batuta como Godín, los Pereira o Egidio Arévalo.
 
Uruguay no te alegra, no te hace feliz por su brillo, carece de fantasía, pero cuando es ordenado y táctico obedece a una idea del juego, se apega a ella y resulta práctico e inconfundible. Esta selección uruguaya de la Copa da la gran ventaja de no jugar con Luis Suárez, su mejor futbolista, por lo que es menester avistar que en la eliminatoria será mucho mejor de lo que es hoy por la explosión ofensiva del delantero del Barcelona.
 
Argentina le ganó con ese gol de Agüero, pero cómo sufrió en las dos áreas. Primero, para desarbolar el sólido bloque defensivo, nueve hombres replegados en escasos 30 metros, para encontrar espacios, y luego en su propia área donde las ganas y el temperamento celeste obligaron a Romero a tres atajadas sensacionales. Los uruguayos masticaron el empate y hasta lo alcanzaron a celebrar mentalmente.
 
Hay dos argentinas: la individualista de media cancha hacia arriba, llena de nombres, vertiginosa, pletórica en acciones personales, esa que te puede matar en cualquier momento, y la defensiva, donde hay pocos conceptos tácticos, escaso trabajo y ausencia total de categoría y calidad.
 
Uruguay perdió, pero nadie llora, fueron leales a su ADN y Argentina para ganarle tuvo que recurrir a sus mejores armas.

 

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