Usaba pantalones apretados

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Por estos días releo El color del verano o Nuevo “Jardín de las delicias”, de Reynaldo Arenas, y me he reído con amargura de las aventuras de la Tétrica Mofeta (el alter ego de Reynaldo). Cuando narra el autor cubano con acidez y sarcasmo la invasión homosexual de la isla en plena revolución, al punto de llamar bugarrón mayor (maricón por necesidad) a Fifo (Fidel Castro), he recordado a los llamados maricas de pueblo y sus vidas, que solo tienen como verdad la incertidumbre y el desdén.

Recuerdo a Lucho, negro como la noche sin estrellas, con su cabello a lo Angela Davis y su nariz tan ancha como sus labios. Recuerdo la historia de la limpia que le dio su padre arreador de bultos en la orilla cuando lo descubrió vestido de mujer a los siete años. Casi le parte las piernas, dice que ocurrió, mientras la madre suplicaba que lo dejara tranquilo, que lo iba matar, pero el padre le gritaba que era la única forma de quitarle lo marica.

Lucho alcanzó a cursar sexto grado de bachillerato. Igual que otros como él que se sabían adoradores de hombres y no de mujeres, como mandaba la heteronormalidad. Eran finales de los 80 e inicio de los 90 cuando Lucho era un joven que empezó a usar blusas de gola con pantalones apretados. También lucía mochos, shorts y bajo el sol canicular se apropió de las calles como una gigantesca pasarela para escuchar a los adolescentes que le lanzaban piropos como flores: ¡Mamita rica! ¡Ayy, loca, agarra estos picos que te tiro! ¡Adiós, Lucho, mi amor, te amo! Cuando le decían esos piropos se contoneaba más y se iluminaba la flor roja de su sonrisa que se le expandía por todos el rostro negro y sudado.

El padre entendió que no había nada que hacer. Y no prestaba atención a nada de lo que hiciera el hijo o lo que dijeran de él, pero nunca lo echó de la casa paterna. Quienes hacían su fiesta con Lucho eran muchos señores “bien” del pueblo, casados, con hijos que nunca se sintieron homosexuales porque eran ellos quienes penetraban. En esa lógica hipócrita del macho latino y caribeño.

Así que Lucho se la pasaba calle arriba y calle abajo. Se estacionaba a diario en las caricaturas de discoteca del pueblo, cualquier día de la semana podía encontrarse en un grill de esos tomando cerveza, para pescar —decía— cuando ya la clientela se emborrachaba y empezaba el juego de señas con los ojos, que finalmente terminaban con el desfogue en el baño. Lucho los satisfacía y se satisfacía. Y no eran aquellos hombres los pelaos que al aire libre lo piropeaban.

Lucho creció y necesitó trabajar y nunca pudo estudiar. Para él, como para otros del pueblo, los dos únicos colegios estaban vedados en una tácita y silenciosa negación manifiesta porque, aunque ya lo habían incorporado al paisaje pueblerino, el papel en aquel escenario era el de la mancha, la loca, la que podía contaminar a los niños de primaria y bachillerato. Así que, para los padres, tener un hijo marica (la hija lesbiana era otro asunto) representaba un caos similar a tener un discapacitado en casa. Entonces a partir de los 14 años se empleó como doméstica en casas de familia y hoteles del pueblo. Aprendió peluquería de manera autodidacta, motilando gratis a los niños de su barrio o por cualquier peso. Llegó el boom de peluqueros y se dedicó a ese oficio.

A mediados de los 90, al igual que a Chale, Lulú y a Wicho, lo mataron los paramilitares. Porque los maricas hacían parte del grupo de indigentes y discapacitados. Y había que limpiar a la comunidad.

Coletilla. En memoria de los miles de Luchos aún padecientes en la Colombia anclada en el siglo XIX.

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