Por: Juan Pablo Ruiz Soto

Uso del suelo: gestor de desastres

Los más de 300 muertos de Mocoa nos obligan a pensar, como país, que el manejo del territorio es tan importante como la salud o la educación. Es tan grave que malgasten o se roben un peso en temas de salud y educación, como que se malgasten recursos asignados al buen manejo del territorio o se violen normas y leyes, y, así, se generen desastres.

Hasta ahora hemos aceptado que el uso del suelo sea definido para obtener ganancias económicas o políticas de corto plazo. Esto se expresa en la ubicación de viviendas en áreas de alto riesgo, especialmente en las rondas de los ríos o muy cerca de ellas; en la destrucción de los bosques en zonas de alta pendiente y humedales, reguladores naturales de cauces de ríos y quebradas, para establecer producción agropecuaria; y en la autorización y desarrollo de la minería, sin importar sus efectos negativos contra la vida misma.

Pretendemos ignorar que la naturaleza está viva y que los ecosistemas actúan como guardianes naturales de la vida humana, dado que contribuyen con la regulación hídrica de las cuencas en las que vivimos y de las cuales derivamos nuestro sustento.

Si bien todos nos vemos afectados por los climas extremos, que cada día son más extremos y frecuentes, siempre los más pobres son los más vulnerables. Como enfaticé en la columna anterior, lo ocurrido en Mocoa deja una clara lección y es que el ordenamiento ambiental territorial (OAT) y la protección de los ecosistemas naturales deben ser una función institucional prioritaria y ser entendidos como un tema de vida o muerte desde y para las comunidades.

El OAT debe ser elaborado partiendo del diálogo y compromiso entre vecinos, apoyado por el conocimiento institucional de las entidades competentes. Para generar sostenibilidad y evitar tragedias, debemos mirar la región como una unidad, integrando la ubicación de pueblos y ciudades con la ruralidad, la producción y la conservación.

Conservar y recuperar la estructura ecológica principal; hacer buen uso de aguas, suelos y bosques; asegurar que se cumple con la función ecológica de la propiedad como parte de su función social; revisar la ubicación de comunidades desplazadas tanto en espacios urbanos como rurales, y relocalizar las comunidades ubicadas en zonas de alto riesgo; dotar de tierras en lugares adecuados a los productores del campo, y lograr el equilibrio campo-ciudad que requiere un nuevo OAT.

La zonificación ambiental no es un ejercicio de fragmentación del territorio. El OAT debe dirigirse a planear cómo cada uno de los componentes de un paisaje heterogéneo contribuye a su integridad ecológica, a la regulación hídrica, a la biodiversidad y a la conservación y el buen uso de los servicios ecosistémicos. La zonificación no es una herramienta para dividir un paisaje en partes independientes, pues todo está interconectado.

Debemos entender la región como la armonización en el territorio de cultura, producción y conservación. Actividades que convergen y cuya dinámica define la sostenibilidad. El OAT es la herramienta que tenemos para frenar los desastres, ¡usémosla! La naturaleza responde agradecida si la tratamos bien. Pero cuando la violentamos apoyamos la generación de los llamados desastres “naturales”.

 

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