¿Usted lloró?

Confiese… ¿cuando vio a Íngrid por primera vez después de casi siete años de cautiverio se le salio un “Dios mío”? ¿Cuando vio al papá del teniente Raimundo Malagón romper el cordón de seguridad para abrazar a su hijo que no veía hace 10 años, se le aguaron los ojos?

¿Cuando los recién liberados se arrodillaron en el Aeropuerto de Catam para agradecer a Dios su rescate, usted se persignó? Y cuando los soldados que estrenaban libertad, aparecieron estrenando también uniformes y jurando de nuevo servir a la patria, ¿no se tuvo que tapar la boca, para no volver a llorar? Con la mano en el corazón, desde el 2 de julio hasta hoy, ¿cuántas veces se ha tenido que sonar la nariz frente al televisor, el periódico, el computador o la radio?

Tranquilo que no está solo. Me asigné la tarea de averiguar quién lloró, y todavía no encuentro un solo cobarde que no se haya permitido sentir con el alma y dejar escapar una lágrima ante el milagro del rescate de 15 secuestrados la semana pasada.

Para empezar, mi marido. Fue al primero que le tuve que pasar un pañuelo cuando veíamos juntos el último noticiero el miércoles en la noche. Le pregunté a mi mamá y contestó que no había parado de llorar. Tal vez como muchas madres, el momento cumbre fue cuando Íngrid pudo abrazar a sus hijos y no los volvió soltar.

Le pregunté a un amigo y confesó que se le deshizo el nudo en la garganta cuando supo que el contratista norteamericano Keith Stansell, no conocía a sus mellizos y que los niños, de mas de 4 años, por el trauma de su madre durante el embarazo, todavía no hablan. ¿Y qué tal cuando supimos que murió de un infarto el abuelo del cabo Pérez cuando se enteró del rescate de su nieto y que éste no lo alcanzó a ver? Ahí hubo que repartir la última ronda de kleenex y mandar a pedir una caja más. Otros aguantaron hasta que Íngrid llegó a Francia para soltar la primera lágrima, al ver cómo hasta por allá, tan lejos, comparten el dolor del secuestro.

Lloraron mis colegas, acostumbrados a ver tanta tristeza acumulada todos los días. Nadie me lo contó. Yo misma los vi “moqueando” en las salas de edición, mientras cortaban las imágenes que iban llegando de policías y soldados, reencontrándose con los suyos. Lloró mi director de noticias. Él mismo lo dijo: ocho veces durante las primeras 24 horas desde que supimos del operativo.

Lloraron los ejecutivos, sus secretarias, los camarógrafos, los presentadores, los porteros. Lloraron en las peluquerías, los bancos, las dentisterías, los talleres de mecánica. Confieso que no a todos les pregunté personalmente, pero como la encuesta no es científica, se vale adivinar lo obvio.

Mi primera lágrima fue en Cartagena, acabando de despedir a la comitiva del senador John McCain. Almorzando con mi camarógrafo y asistente. La noticia nos sorprendió en medio de un pescado frito y un arroz con coco. Me puse de pie, me tapé la cara para que no notaran, hasta traté de camuflar mis ojos con las gafas del sol, pero fue en vano. Ese día llore yo y lloramos todos... 

¿Por qué ese despliegue de emociones?  Por alivio, por impresión, por pura alegría. Porque aunque no somos familia de los rescatados, también nosotros esperábamos que llegara este momento. Porque acompañamos con el corazón a los que esperaban y a los que llegaron. Porque somos todos un poquito soldado y policía y un poquito secuestrado y rescatado. Porque somos colombianos y el 2 de julio al país entero se le ablandó el alma.

 

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