Por: Héctor Abad Faciolince

'Vacunas': infamia al menudeo

LOS PERIÓDICOS HABLAN DE LAS inundaciones, pero no de las gotas.

En las primeras páginas de infamia aparecen las fotos de los grandes ladrones, de los corruptos de ilustres apellidos deslustrados (de izquierda, de derecha) que se roban el patrimonio público. Mucho más difícil es que la prensa se ocupe de las vacunas, es decir, de esas pequeñas dosis de infame intimidación que corrompen la vida social, minan la confianza entre la gente, cortan la posibilidad de que las pequeñas iniciativas de nuevos microempresarios lleguen a ser productivas.

Está bien que el sistema judicial persiga el gran delito y la gran corrupción, esa que aparece con grandes titulares en la prensa diaria, y cuyos frutos van a dar a grandes y oscuras cuentas en Suiza o en Bermudas. Pero hay una pequeña corrupción diaria, una especie de goteo perpetuo, la mini-extorsión, que es uno de los fenómenos que más destroza el tejido social y que va socavando el deseo de la gente de levantar cabeza.

Tal vez una de las peores pestes colombianas es la abominable costumbre de la vacuna, que es como aquí se llama a las pequeñas extorsiones con intimidación o amenaza de muerte. Porque aquí la vacuna es el preámbulo del asesinato.

Como esta enfermedad la padecen sobre todo los más pobres (el tendero de barrio, el reciclador de basura, el vendedor de frutas, el dueño del cafecito, la verdulera, el microempresario de arepas o el sastre que hace ruedos), las autoridades no se ocupan del problema con decisión y vigor, ni los periódicos hacen campañas públicas contra este abuso. Pero estos pequeños chantajes que ejercen los matones del pueblo o los malevos del barrio —protegidos por la prepotencia de las armas—, son una de las prácticas mafiosas más devastadoras para una sociedad.

Estos falsos recaudadores de impuestos de supuesta seguridad (que en realidad practican una manera masiva de financiar la inseguridad general) son parásitos que atacan allí donde el huésped es más débil y está más desprotegido, particularmente en los pueblos más apartados, y en los barrios populares de nuestras ciudades. No importa el nombre que se les dé  (bandas criminales, guerrilleros, paramilitares, milicias, combos…), el ejército de los chantajistas está compuesto de fanfarrones que se nutren del esfuerzo ajeno, que practican un saqueo, un hurto perpetuo al menudeo, un impuesto abusivo e ilegal, un robo disfrazado de protección o vigilancia. Basta tener una pequeña iniciativa de supervivencia para que vengan los zánganos a intimidarte, a robarte el impulso y a repartir el desánimo, porque a nadie le gusta que el fruto del sudor de la frente vaya a favorecer a los vagos que no tienen otro oficio que la amenaza y la bala.

Como una vez hicimos campañas contra el secuestro habría que emprender también uniones barriales de resistencia contra la pequeña intimidación extorsiva, con protección estatal, acciones populares contra las vacunas. La vacuna es la costumbre mafiosa más generalizada en Colombia, y también la más nociva y dañina, la que no genera sino rabia y desasosiego en todos los sitios que carecen de una policía y unas autoridades presentes, capaces de defender a los más débiles e inermes, a los que sólo quieren trabajar honradamente y deben entregar el fruto de su trabajo a los maleantes. Habría que castigar este delito extorsivo con el rigor con que se castiga el chantaje del secuestro. Tendríamos que encontrar mecanismos de control social y policial que nos vacunen contra las vacunas. Las inundaciones no son más que un montón de gotas juntas; la corrupción social es la suma de las pequeñas corrupciones mafiosas. Y la vacuna es la peor de ellas.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Héctor Abad Faciolince

La caída de Avianca

Cómo aprender a ser ex

Un Somoza del siglo XXI

La leche en polvo y la píldora

El mundial de Tailandia