Por: Columnista invitado

Vagos a cabalidad

Por Juan Sebastián Jiménez

Cuando le conté a mi mamá que la representante María Fernanda Cabal había confundido la Federación Rusa con la Unión Soviética me dijo que qué bruta, que una cosa era que alguien del común como ella no supiera que la URSS había caído hace 26 años y otra, muy distinta, que una representante de la que se espera siquiera una pizca de cultura general cometa tremendo error. Pero me temo que el lapsus de la Cabal esconde algo peor: que, en general, la clase política colombiana no ha entendido y no ha querido entender que el mundo cambió.

Y la respuesta de Cabal a quienes se burlaron por su lapsus fue, incluso, peor. Se puso a hablar de Rusia y de China, como si fueran lo mismo, como si no hubiera diferencias entre ellas. Y luego, cual si fuera un salpicón, metió al Partido Comunista Colombiano y al PC3 en la colada. Ella, que tanto odia a la izquierda, debería saber cuán diferentes son el uno y el otro. Pero bueno. Lo que quiero decir es que el lapsus de la representante Cabal no fue producto de su ignorancia sino de su dogmatismo: no es que ella no supiera que la Unión Soviética cayó sino que para ella, y para su partido, es necesario que el mundo siga siendo el mundo bipolar de antes de 1991.

A personas como Cabal les sirve un mundo con Estados Unidos como los buenos y la URSS como los malos, un mundo de blancos y negros, y no un mundo complejo como el que surgió tras la caída de la URSS. Todo para, de esa forma, decir que la presencia de la Federación Rusa en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas es una muestra de que la “izquierda” se tomó la ONU. Es tan descabellado como decir que Juan Manuel Santos es castrochavista. Pero, reitero, tal ramplonería es necesaria para alguien como Cabal.

Se le olvida a Cabal que si la URSS fue incluida en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas hace varias décadas fue para evitar un nuevo enfrentamiento entre las potencias de aquel entonces y no porque el mundo estuviera en camino a convertirse en castrochavista (por si acaso, representante, ni Fidel Castro ni Hugo Chávez habían llegado al poder cuando se creó ese Consejo). Y se le olvida a Cabal que en ese mismo Consejo están Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, de quienes, creo, no se puede decir que sean regímenes comunistas.

Y cuando la representante confunde la URSS con la Federación Rusa desconoce, de tajo, todas las diferencias que hay entre ambas. La Federación Rusa fue una de las 15 repúblicas que surgieron tras la disolución de la URSS. Su nacimiento, de hecho, fue una de las razones del fin de la URSS. Antes que Chernóbil o la caída del muro de Berlín, fue el nacionalismo ruso, promovido por Boris Yeltsin, el que puso fin a la URSS de Gorbachov. Luego Yeltsin hizo hasta lo imposible para que fuera Rusia y no, por ejemplo, Ucrania o Bielorrusia, la que se quedara con el puesto que la URSS tenía en el Consejo de Seguridad.

La URSS y la FR no son lo mismo. No entenderlo es como creer que Putin es de “izquierda” porque es ruso. O que el comunismo ruso y el chino son tan diferentes que el primero ya no existe, mientras que el segundo jalona, curiosamente, al capitalismo moderno.

Pero, reitero, este sesgo es el mal de una clase política anacrónica como la nuestra. A cualquiera de nuestros congresistas le podría haber pasado lo mismo. Porque, ojo, tal ignorancia no es un mal exclusivo de la derecha colombiana y latinoamericana. Una buena parte de la izquierda colombiana sigue creyendo que la URSS no cayó o que vivimos en 1991.

La izquierda latinoamericana, por su parte, no se ha dado cuenta de que Estados Unidos ya no es ni la sombra de lo que fue: que el sistema multipolar surgido tras la caída de la URSS ha permitido la emergencia de otros bloques que apuntan a convertirse, en poco, en potencias globales, como China, y que el mentado imperialismo estadounidense es más un embeleco que una realidad. Pareciera que la izquierda latinoamericana quisiera, como Trump, que “América” fuera “grande de nuevo” para justificarse y seguir con un discurso del siglo XX. Ahora, no es que EE. UU., de repente, haya cambiado: es que, de nuevo, el mundo cambió y ya Washington no es lo que era antes. Si antes EE. UU. influía en elecciones, ahora no es capaz de que sus propias elecciones no sean interferidas.

Ese sesgo ha hecho que la izquierda siga sin querer reconocer los desaciertos de Nicolás Maduro y permanezca empecinada en que contra Venezuela hay un golpe promovido por Estados Unidos. Se parte, a su vez, del error de creer que Venezuela es muy importante para Washington. Más importante es, por ejemplo, Irán, y Teherán sigue ahí. Y si el argumento es que Estados Unidos va por el petróleo de Venezuela, cabe recordar que, primero, las mayores reservas de petróleo en esa región están en el Esequibo, una zona de disputa entre Guyana y Venezuela en la que Exxon Mobil viene haciendo exploraciones desde hace rato sin que Venezuela haya hecho mucho para impedirlo.

Y lo segundo es que Venezuela ya le regaló su petróleo a Estados Unidos, no sólo por la cantidad de crudo que le dio a estados de la Costa Este durante años, sino, además, por los bonos de PDVSA que el gobierno de Nicolás Maduro le vendió a Goldman Sachs recientemente. Y otro recorderis: no muy lejos, otro país petrolero, Ecuador, sigue en manos de la izquierda, que limpiamente ganó las pasadas elecciones y no se ha puesto a rasgarse las vestiduras para esconder su ineptitud. En el caso de Ecuador, pese a algunos contratiempos, la economía va bien. La derecha y la izquierda colombiana necesitan entender que el mundo ha cambiado para empezar a dar debates de mayor altura, para dejar de seguir siendo un lapsus del siglo XX. Y una adenda: todo esto muestra la necesidad de recuperar la cátedra de historia. De lo contrario seguiremos siendo un país de vagos a cabalidad.

 

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