Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

Vaivén político

La política suele dejar a los países fatigados y en un mismo punto respecto a algunos de sus grandes debates y problemas. El oportunismo, la debilidad ideológica y la desvergüenza logran un vaivén entre posiciones antagónicas que solo causa mareo y agotamiento. No hablo de los normales giros ideológicos que dan las sociedades y que marcan énfasis de políticas públicas cada cierto tiempo. Me refiero a las volteretas que dan partidos y movimientos según pequeñas ofertas y que suceden de un día para otro, señalo la patética carrera de quienes van de un extremo a otro para salvar dos puntos en la nómina y tres rayas en el presupuesto.

Iván Duque reiteró el domingo pasado, en entrevista en El Tiempo, que les hará reformas a los acuerdos de La Habana para lograr penas proporcionales y sacar de sus curules a los líderes de las Farc. Esos son los puntos claves detrás de la retórica de mejorar el acuerdo para las víctimas y cumplir los estándares internacionales de justicia. Para ese propósito habla de “un gran acuerdo nacional”. Juan Manuel Santos utilizó el mismo término al menos durante cuatro años para impulsar los acuerdos de paz. El plebiscito nos demostró muy claramente que ese gran acuerdo era imposible, y que ni siquiera existía una clara mayoría de apoyo o rechazo al proceso. Se habían conformado dos bandos equivalentes de la mano de una gresca política y personal, ideológica y regional, y nada valía para romper ese crispado equilibrio. Los odios partidistas y la desconfianza electoral terminaron siendo más fuertes y persistentes que el largo conflicto.

Con el acuerdo firmado y una victoria del No por estrecho margen, se acudió a la “Unidad Nacional” en el Congreso, donde las mayorías eran claras. El Centro Democrático, principal representante del No, tenía apenas el 14 % del Congreso y no más de 60 alcaldes de 1.121 en todo el país. En esa Unidad Nacional participaban con entusiasmo el partido Conservador, el partido Liberal, el partido de la U (bautizado así en alusión a Uribe para amargura de uno y otros) y Cambio Radical. Ese pacto político permitió que se hicieran ajustes menores a lo acordado en La Habana y se aprobaran los cambios constitucionales y legales que luego tuvieron el aval de la Corte.

Ahora tenemos al candidato del Centro Democrático con buenas posibilidades de llegar a la Casa de Nariño y los partidos que hace dos meses apoyaban los acuerdos, ya se inclinan en reverencia ante quien consideran el futuro presidente. Juntos conforman una gran mayoría en el Congreso y de ganar Iván Duque le pondrán otro nombre a esa “unidad nacional”, tal vez unanimidad nacional, y se ocuparán en la tarea de modificar los acuerdos que ahora les parecen imperfectos y precarios. Los mismos políticos que resolvieron esa especie de empate técnico de la opinión pública sobre el proceso de paz con el apoyo al Gobierno y su esfuerzo en La Habana, ahora resolverán el persistente empate con un apoyo a la modificación que de seguro es también una barrera a la implementación, un empuje a la reincidencia y la renovación del conflicto. Duque gastaría entonces dos años de gobierno, buena parte de su poder de negociación, que ya sabemos de dónde sale, y una gran porción de la energía de su posible gobierno en regresarnos a un lugar ya conocido e indeseable, en retroceder para lograr un punto de honor para sus electores. Los políticos trabajan siempre en el mismo punto, así empujen a un presidente y jalen a su sucesor.

 

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