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El periodismo de verdad es un oficio de alto riesgo. Exige vocación, convicción y rigor. Implica estar dispuesto a jugársela toda para que la verdad no se quede vuelta un nudo en el desván de los tramposos, ni en la agenda de los engaño-dependientes.

Es un oficio que apasiona, y es, en sí mismo, un acto de rebeldía. Debe ser autocrítico, para reconocer sin vanidad los errores, y necesita vivirse con independencia y autonomía, porque de lo contrario no sería más que una gelatina a merced de los intereses de turno.

Escritores y lectores valoran que entre los dos haya puentes de confianza; lograr la credibilidad es un arte, y preservarla en el tiempo, es maestría.

Algunos dirán que no es hora de hablar de estas cosas; que se están perdiendo miles de vidas por cuenta de distintos males: de la infección a la violencia, de la invasión al desvarío, del exterminio al desconcierto. Pero el mundo sigue girando y no podemos perder de vista que un ataque contra la libertad de prensa es una herida al desarrollo intelectual, a la formación de criterio y, principalmente, un golpe bajo a la democracia. 

Pienso entonces en tres señores periodistas, valientes, inatajables en su vocación de cuestionar lo establecido, y contar la verdad: Guillermo Cano, Enrique Santos Calderón y Daniel Coronell.

A Guillermo le costó la vida haber sostenido hasta el último minuto de su existencia su posición frente al narcotráfico. Creo que nadie como él ha dedicado con tanta perseverancia y arrojo cada una de sus letras a abrirnos los ojos frente al penetrante horror del negocio más rentable, tóxico y criminal del nuestra época.  Lo que no sabían los asesinos de Guillermo es que la piel es fácil de matar, pero a las verdaderas banderas no hay balas que las destruya.

Enrique Santos Calderón, el columnista de la rebeldía inteligente y la más seductora escritura; el que leíamos con devoción en Contraescape, y antes de llegar al punto final, uno ya tenía los ojos aguados, la conciencia toreada y ganas de darle un abrazo. En su cabeza y en su decisión de negarse a convivir con la guerra, y sacar a Colombia de los círculos viciosos de la violencia, nacieron los acercamientos que le abrieron el camino al proceso de paz.

Y Daniel Coronell… mi profe en los Andes; pero, sobre todo, mi maestro del aula para afuera. Cada columna suya es un desafío y un acto de valor; un ejemplo de investigación y rigor para hacer las denuncias que algún día lograrán romper los vínculos entre servilismo, poder económico, politiquería, corrupción y conveniencia. Daniel se le enfrenta a cualquier realidad, por hostil  que sea; ejerce y enseña que el periodismo no se hizo para arrodillarse, sino para hacer crecer en dignidad y criterio, a la sociedad.

Y pienso entonces en Daniel Samper Ospina, a quien tanto ha perseguido la sevicia del jinete innombrable. Gracias, Daniel, por el talante de ese humor tuyo, tan deliciosamente insubordinado y crítico; gracias por tantos domingos en los que sufrí a carcajadas con tus columnas. Te le mides a todo y a todos, hasta a los más perversos, con tal de pellizcarnos la costumbre y evitar que la inercia nos lleve a la derrota; por eso te seguiré donde vayas. ¡Bien, Danny! Tu renuncia a la revista a la que nuevas riendas le quitaron la brújula es un acto de solidaridad, dignidad y valentía. Conozco un abuelo libre pensador -el pequeño gran hombre de las palomas en el balcón- que estaría muy orgulloso de ti.

ariasgloria@hotmail.com

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