Por: Carlos Villalba Bustillo

Valió la pena

LA CANDIDATURA DE BARACK OBAma desentierra nombres y sucesos de una larga y dolorosa lucha: el de David Walker, por ejemplo, un negro libre de Carolina del Norte que combatió la esclavitud con alma, vida y panfletos.

O el de John Calhoun, un esclavista cerril que pretendió embozalar al Congreso, mediante ley aprobada por sus propios miembros, para que se les permitiera a los blancos llevar esclavos negros a sus estados. Pero los nombres mejor recordados son, sin duda, los de Abraham Lincoln y Martin Luther King.

Valió la pena —diría ahora El Leñador de Kentucky— haber emancipado a los esclavos para gratificarles su respaldo a la causa confederada, porque los urgía la necesidad de un destino que era injusto negarles conservándoles la condición de cosas. Fueron los demócratas, empero, y no los republicanos, herederos de la gloria de Lincoln, los postulantes orgullosos del primer candidato negro de uno de los dos partidos tradicionales estadounidenses.

La nominación de Obama enaltece al Partido Demócrata como colectividad liberal, desprejuiciada y deseosa de que su pueblo sienta que el coraje de nuevas figuras políticas custodia su fe en la democracia. Ese es el mensaje que con la exaltación de su candidato les transmitirán los demócratas a los Estados Unidos y al mundo, y lo que él representará si derrota en noviembre a McCain.

La travesía de Obama por las primarias destacó otra de sus virtudes: la de ser un luchador sereno y reflexivo. Aun en medio de los ataques más templados de la senadora Clinton, sus réplicas fueron comedidas y razonables, sólidas en su contenido, ajustadas a una realidad que surge de los problemas internos de la Unión y de la posición internacional de un Estado que determina, con el vigor de su economía y los giros de su diplomacia, la suerte de tres cuartas partes de la Tierra.

Estados Unidos está, pues, ante una experiencia en la que convergen los rasgos culturales de una población variada y desigual. Sabíamos que algún día sus propios nacionales, los de origen anglosajón, se acogerían a los remezones que la inmigración llevaba en sus valijas. Nadie niega ya que es un país de países con hilos nuevos en su tejido social, y Obama es un norteamericano de primera generación que encarna el empuje de esa dinámica que el desarrollo y las potencialidades de una nación privilegiada ofrecía a la gente sin horizontes del mundo subdesarrollado. En esa caracterización radican su carisma y la esperanza que un dirigente de su perfil, su talante y sus ideas simboliza cuando escoge el servicio público como destino.

Obama supo elegir el momento de su despegue, ya que los núcleos humanos de la sociedad norteamericana vienen sustituyendo, con interdependencia y solidaridad, las inseguridades que emergían de una estructura social con rivalidades y odios que había que borrar de la memoria colectiva. En otras palabras, se sometió a prueba con la certeza de que en los Estados Unidos el poder dejará de revelarse como una forma de soberbia.

Con Obama, toda una generación, advertida de su papel histórico, apareció en escena para encabezar una ruptura inaplazable en un país poderoso que ve desmoronarse su futuro mientras otras potencias aseguran el suyo. Ese es el tinglado que explica la derrota de la vieja clase política y resalta la hazaña del joven victorioso que enfrentará, de ser ungido, el reto de rescatar las zonas de libertad que invadió el sectarismo de una noria de mediocres.

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