Por: Ana María Cano Posada

Vallejo y la contradicción

HA PASADO DE NUEVO EL ESCRITOR Fernando Vallejo como un ventarrón que levanta opiniones a su paso.

Coincide con el momento en que Medellín encara de nuevo su ambigüedad entre ser y parecer. Llevaron a la televisión lo que Jorge Franco escribió sobre el mundo de los sicarios, donde aparecen en la ciudad personajes surgidos de este estilo de vida y se entiende esto como una apología del delito. El agravante que señala un debate en el Concejo de Medellín, es que entidades oficiales como el Metro o la Central Minorista de Abastos sirvieron de escenario para las filmaciones y hubo autorización expresa para reaparecer como la capital colombiana de la violencia. Contra esto la protesta es automática, aunque la sintonía sea mayoritaria aquí. La cosecha actual de telenovelas, donde los abusos tienen acento paisa, busca pegarse de la fiebre de audiencia, pero ya se sabe que a la televisión no le interesa desentrañar un tema sino producir reacciones.

Fernando Vallejo había tenido un debate similar cuando su novela La virgen de los sicarios fue llevada al cine; luego también cuando Rosario Tijeras fue rodada hace unos años. Los escritores, incluido Alonso Salazar en su libro No nacimos para semilla, el primero en advertir el fenómeno de la violencia atada a la pobreza y a la ambición con el sicariato, han sido junto con el cineasta Víctor Gaviria la temprana y más clara reacción que la sociedad tiene frente a un fenómeno que la abruma. Esta es la tesis de la investigadora Margarita Jácome en La novela sicaresca. Testimonio, sensacionalismo y ficción (Medellín, Fondo Editorial Eafit, 2009). Sin duda, la complejidad de este asunto ha tenido más debate en esta parte del país, de donde han salido estos autores, pero no resuelve todavía la larga elaboración que está pendiente sobre lo que nos ha pasado. No es desmesurado, pues pensar que un género literario completo esté dedicado a esta manifestación en la que el mundo contemporáneo tiene su flaqueza más reconocible.

Fernando Vallejo, el iracundo, es una figura indispensable para un medio en el que ocultar las cosas o disimularlas ha sido un procedimiento usual. Sus intervenciones públicas generan un debate sobre si él es un provocador o si es apenas un necesario y saludable polemista. El efecto de todos modos es destapar una contradicción en la mentalidad de la que es su más dedicado retratista, porque en ella creció y la ha visto desdoblarse en corrupción y criminalidad. También la habían mostrado Tomás Carrasquilla o León de Greiff, al señalar que detrás de esta sociedad interesada y materialista podía esconderse un fantasma que es el que ha salido en estos últimos años y ha hecho retroceder una imagen industriosa y austera con que se conocía esta región en el siglo XIX.

 Fernando Vallejo, a través de su obsesión por destapar lo que aquí pasa, con su discurso gramático y moral, da cuenta del desencajamiento social, para contarlo en sus novelas con un tono exacerbado que tienen una dimensión universal. Vallejo ha terminado por habitar la contradicción al vivir mitad de tiempo en México DF y la otra mitad en Medellín, dos escenarios de la violencia absurda del narcotráfico, pero es aquí donde ambienta la corrupción política y la familiaridad diaria con la delincuencia que nos cuesta reconocer.

Si Fernando Vallejo no existiera habría que inventárselo para que esto no lo comencemos a ver normal.

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