Por: Daniel García-Peña

Vamos con calma (porque estamos de afán)

Por fin, luego de un largo trecho de tires y aflojes, arrancó en Ecuador la fase pública de la negociación con el ELN. Ya de por sí, se trata de un paso histórico: es la primera vez que el ELN como tal inicia una negociación formal. Aunque hubo diálogos exploratorios en los gobiernos de Samper, Pastrana y Uribe, la única otra ocasión en la que formalmente se sentaron a negociar con agenda acordada fue con el gobierno de Gaviria en Caracas y Tlaxcala hace 25 años y en ese entonces lo hicieron como integrantes de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar.

La ventaja de empezar cuando el proceso con las FARC está ya en la etapa de implementación es que el ELN tendrá su propio espacio, que lo merece como organización distinta. Tiene también sus desventajas e implica grandes retos. El llamamiento que hace el gobierno a la celeridad es comprensible, dados los escasos dieciocho meses que le restan. Pero el afán no es exclusivo del gobierno. Hay un claro y manifiesto agotamiento por parte de la sociedad colombiana con la guerra, como se expresó el 5 y 12 de octubre pasado. Cada día que se prolongue el conflicto armado, se producen muertes evitables.

Sin embargo, no hay que olvidar que se requiere un lapso de tiempo lo suficientemente amplio como para madurar y construir los acuerdos y que cada negociación debe encontrar su propio ritmo. Es irreal esperar que un proceso que ha tardado tantos años para llegar a este momento se pueda resolver en par patadas. Por ello, el asunto no es hacer las cosas rápidas porque sí, sino de sintonizarse con las expectativas de la sociedad y articularse con los tiempos de la realidad política y social del país, inevitablemente atravesada por lo electoral.

Las elecciones de 2018 serán inéditas: por primera vez el nuevo partido de las FARC se presenta a las urnas sin armas. Por su parte el uribismo y demás promotores del No están empeñados en volver al poder para echar para atrás los acuerdos. Es una coyuntura definitiva para Colombia.

Es inevitable que las negociaciones con el ELN se vean afectadas por la campaña electoral y a su vez, la campaña electoral se vea afectada por las negociaciones. Un proceso sólido en marcha, con avances certeros, favorecería a las fuerzas progresistas, mientras que un proceso endeble, enredado, con retrasos no entendidos, alimentaría al uribismo.

Ya en 2014, el ELN jugó con audacia y dio su guiño a Santos en un momento crucial entre la primera y segunda vuelta. No se trata de reducir la paz al terreno de lo electoral, pero sí de advertir el peso que inevitablemente tendrá sobre los diálogos en curso y vice versa.

Estos primeros meses de la negociación son claves, en cuanto son los mas distantes de las lógicas electorales. Hay que aprovecharlos para lograr acuerdos parciales que fortalezcan la credibilidad del proceso y garanticen su desarrollo hacia adelante. De resolverse el nudo gordiano de la participación de la sociedad, se desataría una nueva dinámica, ya que constituye el eje central de la agenda. Lo importante es que el proceso adquiera la solidez y legitimidad suficiente para tomarse el tiempo que requiera para llegar a un acuerdo final.

En su discurso de instalación, Pablo Beltrán fue muy realista al afirmar que el ELN no pedía “una revolución por decreto”. Con la llegada de Juan Carlos Cuellar, la delegación del ELN adquirió un gran gestor de paz con mucho conocimiento y compromiso. Por su parte, la delegación del gobierno es de muy alto nivel, con varios ministros y exministros, así como personas con gran experiencia en la materia, y está encabezada por alguien de reconocido prestigio y amplio respeto, como lo es Juan Camilo Restrepo. Son dos equipos excelentes, quienes merecen todo el respaldo.

Pero sobre todo, existe una demanda de participación por parte de importantes sectores de la sociedad colombiana, en particular, quienes han sido históricamente excluidos: campesinos, estudiantes, indígenas, afros, entre muchos otros. Que la gente participe en la elaboración de las políticas que los afecta puede que suene revolucionario en Colombia, pero es una premisa de la democracia desde los tiempos de los griegos.

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El pasado 5 de febrero falleció Cecilia Zárate en Madison, Wisconsin, una de tantas heroínas colombianas desconocidas, que durante 30 años trabajó sin descanso en USA, junto con su esposo estadounidense, Jack Laun, a favor de la justicia y la paz en Colombia, haciendo cabildeo frente a los congresistas de Wisconsin y acompañando a la comunidad de paz de Apartadó, entre muchas otras. ¡Qué en paz descanse!

danielgarciapena@hotmail.com

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