Por: Mauricio Botero Caicedo

¿Vamos en contravía?

Hace algunos meses al haber manifestado el autor de esta columna en un foro que el ‘gini agrícola’ era tan relevante como el ‘gini de los supermercados’, un panelista indignado, con los ojos rojos y los labios temblorosos, me reclamó: “La tierra es de todos los colombianos”.

La pregunta obvia a tan colectivista planteamiento es que, habiendo aproximadamente 48 millones de hectáreas con vocación agrícola, ¿se le entrega una hectárea a cada ciudadano? O por el contrario, ¿el único propietario debe ser el Estado? Siguiendo la tesis socialista que se deriva de “la tierra es del que la trabaja”, ningún agricultor podrá tener empleados, y de llegar a tenerlos, tendría inmediatamente que dividir su finca entre ellos. Y precisamente son las divisiones de la propiedad de la tierra con fines igualitarios lo que ha creado una agricultura de “subsistencia” en donde las familias campesinas difícilmente logran alimentarse a sí mismas. Los excedentes económicos del resto del país, en vez de crear riqueza en beneficio de todos los habitantes, se van es en importar comida.

El Perú está regresando de una reforma agraria insensata. En los años 60 y 70 en el Perú un chafarote, Juan Velasco Alvarado, con la finalidad de empoderar al campesino, destruyó la agricultura a mediana y gran escala. La reforma de Velasco “atomizó la propiedad de la tierra y eso hizo que los pequeños agricultores no tuvieran un fácil acceso a los créditos del sistema financiero; por tanto, se empobrecieron mucho más, porque tampoco tenían acceso (por falta de capital) a una progresiva tecnificación para el cultivo y cosecha de sus productos”.

Desde el punto de vista agrícola, el Perú de hoy es un ejemplo a seguir. Con base en políticas de Estado, y no del gobierno de turno, no sólo ha recuperado su suficiencia en varios renglones que prácticamente habían desaparecido, como la caña y el maíz, sino que en el sector hortifrutícola se ha convertido en una potencia mundial. Mientras que en el año 2000 el Perú exportaba 400 millones de dólares en frutas y vegetales, hoy exporta 5.200 millones en dichos productos en un Tárea que no llega a las 130.000 hectáreas.

En el Perú la propiedad de la tierra es un asunto intranscendente y marginal. El agua, por el contrario, está en primer plano y su asignación sí es un asunto vital. Mientras que Perú tiene cerca de 5.000 distritos de riego, en Colombia no llegamos al centenar. Por increíble que suene, sigue habiendo una enorme cantidad de gente que exige políticas agrarias con un marcado paternalismo del Estado. Cuando se atomiza la propiedad, la productividad en el campo se reduce de forma dramática.

Cada año Colombia importa cerca de 13 millones de toneladas de alimentos, comida que en buena parte podríamos producir en el país. Lejos de abogar porque el país se convierta en una gran potencia mundial en el sector agroindustrial y pecuario, por el contrario lo que pretenden es que, dando prioridad exclusivamente a la agricultura campesina y a los minifundios, Colombia consolide su dependencia como uno de los mayores importadores per cápita de alimentos del mundo.

Apostilla: Según informes de prensa, el fiscal general y el director de la Policía ponen en duda retratos hablados sobre sospechosos del atentado en el Andino. ¿Será que hay intereses ocultos en desviar la investigación con el fin de no molestar poderos intereses, ya sea en el país o en el extranjero?

 

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